martes, 15 de enero de 2013

Una cubanita que no se puso de pie ante el Capitán General Weyler. Por Raúl Ramos Cárdenas.

El general Weyler, (La Esfera, Madrid, 25 de octubre de 1930) y Rosario Ros Caballero.
Las circunstancias puramente casuales que hicieron coincidir en una velada familiar en la ciudad de Barcelona a una mujer cubana con el tristemente célebre General español Valeriano Weyler, nos sirven de pretexto para conocer  - en primera persona -  aspectos sicológicos de este personaje y sobre algunas de sus vivencias en Cuba.

Gracias a la autoría del Dr. Mario Martínez Azcue, quien escribió un articulo bajo el mismo título que el que encabeza el nuestro y que vio la luz en el año 1953, a través de las páginas de la revista Cuba Profesional, pudimos adentrarnos con sorpresa en aquel suceso histórico, narrado por la protagonista en carta  a su padre, el señor Joaquín Ros, médico guantanamero y veterano de la independencia cubana.

Rosario Ros Caballero, residente en España, adonde viajó un día con el fin de especializarse en música y contrajera allí matrimonio, es el nombre de aquella valiente criolla, cuyo gesto introdujo una nota de desaire en la reunión a la que fue invitada en casa de una dama de la más rancia nobleza española, sin advertir que el gran anfitrión de la tertulia familiar era el antiguo victimario de tantos cubanos inocentes.

Como ha quedado grabado en la memoria histórica de nuestro país, Valeriano Weyler fue el despiadado jefe militar que con su criminal política de reconcentración de la población, a partir del año 1896 en que relevó de su cargo al anterior Capitán General Arsenio Martínez Campos, provocó miles de víctimas mortales a causa del hambre y las enfermedades entre mujeres, ancianos y niños, en su mayoría obligados a abandonar sus lugares de residencia en los campos, con tal de impedir la ayuda en alimentos a las tropas mambisas, lo que unido al bloqueo norteamericano de los puertos cubanos, con el objetivo de hacer nulo el comercio español con la Isla, llevó a la ruina económica del Cuba, que para esa época era ya más colonia de los Estados Unidos que de España.
Última fotografía del general junto a su hermana doña Celestina en el retiro mayorquino de San Roca. La Estampa, Madrid, 11 de noviembre de 1930.
Los comentarios vertidos por Weyler acerca de sus experiencias en Cuba como Capitán General, involucran aspectos del espionaje a la correspondencia cursada entre los principales jefes de la insurrección: el Lugarteniente General Antonio Maceo, el General en Jefe del Ejército Libertador Máximo Gómez y el Delegado del Partido Revolucionario Cubano Tomás Estrada Palma, cuyas cartas,  supuestamente, llegaban primeramente a sus manos y  tanto Gómez como Estrada Palma - al decir de Weyler - “estaban extenuados” por el desgaste de la guerra y que Maceo era el que más se resistía a rendirse.

Asimismo, este hace gala de un alarde sin límites con relación a las posibilidades de ofrecimientos que no le faltaron, “para que le trajesen la cabeza de Maceo” por una suma considerable de dinero, a lo cual se negó, pues reconocía en el jefe cubano el valor y la temeridad; sin embargo mandaba a decir a Cuba que tenía en su poder las ropas y pertenencias que le fueron rapiñadas por los voluntarios españoles al héroe cubano y su ayudante, el Capitán Francisco Gómez Toro el día de su muerte y por ellas pedía seis mil pesos o las donaría al Asilo de Huérfanos del Ejército de la península, una prueba más de su mezquindad y carácter deleznable, que no le abandonó ni en su ya avanzada vejez.

Cabe señalar en esta introducción, que anteriormente en su libro de memorias de la campaña cubana, publicado bajo el título“Mi mando en Cuba”, Weyler ya había dado muestras exageradas de su aparente “pericia militar” contra los combatientes cubanos, con las que trató de minimizar los contundentes golpes asestados por el Ejército Libertador cubano a las tropas españolas, principalmente en Pinar del Río, donde operaba el Titán de Bronce, no obstante la enorme superioridad del Ejército de la metrópoli en armamentos, pertrechos y soldados y de la criminal política de reconcentración antes citada.
Weyler a su llegada a Madrid en 1930  acompañado de su hijo Fernando. La Esfera, Madrid,  25 de octubre de 1930.
El texto de la carta que podrán leer me releva de extenderme en comentarios innecesarios; la misma constituye, según el criterio del destacado patriota bayamés, Dr. Diego Tamayo Figueredo - amigo íntimo del padre de Rosario - un “documento histórico escrito por un talento sagaz y penetrante” digno de conservar para el conocimiento de las presentes y futuras generaciones de cubanos.


Barna, 24 de marzo de 1920

Querido papa

Mi carta de hoy es para ti. El tema así lo requiere. El día de San José fuimos de visita a casa de una viuda amiga de Cachi, madre de cuatro hijos de los cuales dos son curas y otro está en el Seminario acabando la carrera. Era el santo del segundo: único que ha escapado de la sugestión de sus profesores y del ambiente que le rodea! La señora de la casa, prototipo de la buena beata amante e ignorante madre a la antigua usanza española, nos recibió con grandes muestras de alegría.
Atravesamos un pasillo en el que ardían dos cirios, ante una imagen de la Purísima y entramos en un salón amueblado con ricos muebles antiguos y adornados con retratos de familia, uno con su Santidad Pío X  y…otro de Weyler.           
La madre nos presentó con orgullo a su Paco, muchacho guapo de 29 años y sacerdote hace siete; y a su José María que era el festejado.
A poco llegó el Secretario del señor Obispo, guapísimo, arrogante, simpático, es andaluz y a mas de la gracia con que se distinguen los de su provincia, hablaba con la animación propia del acostumbrado a triunfar. Tiene 32 años y es canónico desde hace cinco y Secretario del Obispado desde casi la misma fecha. Nada mojigato, cura a la moderna, nos entretenía con su conversación en la que se traslucía el talento.
De pronto y cortando nuestras conversaciones la criada anuncia pomposamente: “Su Excelencia el Capitán General…” y antes que me diera cuenta que no soñaba, entró en la sala el señor Weyler. Todos se pusieron de pié y yo inconcientemente me quedé sentada. La dueña de la casa me presenta…”Una cubanita General…” Y el se inclina ante mí y yo sentada, hago una inclinación de cabeza. Algo nervioso, se sienta en una butaca diciendo: “Bien sé que en Cuba no se me quiere bien…”

Weyler dictando a su hijo Fernando las memorias de su vida. Nuevo Mundo, Madrid, 18 de septiembre de 1931.
La dueña de la casa, que desconoce todo lo que encierra el General para nosotros los cubanos dice: 
 -¿Y por qué General, si usted es tan bueno…?
Yo no despegaba los labios y miraba fijamente un retrato que tenía enfrente y que me recordaba mucho al bueno de tío Miguel (q.e.p.d)
 -Si señor…prosiguió el General, a mi no se me quiere en Cuba porque se me juzga mal…yo fui la ultima vez a Cuba, con ordenes terminantes de acabar la revolución y como soldado cumplí con mi deber. Se me podrá tachar quizás de enérgico, acaso de duro, pero no de injusto. Tengo la conciencia tranquila…         
Cachi me miraba angustiada y yo hablé entonces…
-Con mi padre no se portó usted del todo mal.          
Interrumpiendo entonces mi frase:     
-Hágame usted memoria; me dijo con viveza.           
Y yo empecé a relatar los hechos y él, memoria prodigiosa, recordó sin dejarme concluir: 
- Recuerdo perfectamente esa recomendación de mi buen amigo Bazán. Lo deportamos a Costa Rica en vez de Puerto Rico y continuó…Mire Usted - entonces dijo dirigiéndose directamente a mi -_ los cubanos no me querrán… pero yo quiero a Cuba más que muchos de ellos. Yo no puedo olvidar los más felices años de mi vida pasada en Santiago de Cuba, la cuna de las mujeres más lindas del mundo… Sí señor… en Santiago y en Puerto Príncipe las mujeres eran preciosas, con unos ojazos, unas cabelleras, unas formas… Entonces era yo Capitán y cuando las veía pasar en sus volantas, vestidas con sus trajes vaporosos, creía que soñaba… Aquellas fiestas en el Cafetal Santa Ana, de la familia Vinent y en el cafetal de la familia Salazar, aquellos campos incomparables, aquellos espléndidos potreros de Puerto Príncipe…. aquella Habana… hermosísima, riquísima, incomparable…

- Anoche – continuó Weyler diciendo – en la fiesta de casa del Gobernador uno me decía que volvería a Filipinas, y yo le dije: y yo donde volvería sería a Cuba… Sepa usted que yo tenía que ir a México en vez de Polavieja, y si hubiera llegado a ir, si el gobierno cubano no me lo impide, lo que no creo, porque no hay razón, yo desembarco en La Habana ¡Ya lo creo! Porque yo no le guardo rencor a Cuba ni a los cubanos; ellos tenían razón, cuando un hijo llega a mayor se independiza y los pueblos se emancipan ¡Ojala que España en vez de mandarme a acabar la Revolución me hubiera mandado a darles la independencia!
Es lo que debimos hacer. La autonomía no, yo soy enemigo de las medias tintas. La independencia. Con lo que no me conformo es con la debacle de las armas españolas después de tantos sacrificios. Si a mi no me quitan de allí, la revolución estaba acabada.
Hubiera vuelto a surgir, General – le dije yo
Mi tía Cachi me dijo bajo:
No seas imprudente.
Y él, sin hacer pausa continuó:
-  Yo pagaba un dineral en espionaje y las cartas que se cruzaban entre sí Estrada Palma, Máximo Gómez y Maceo venían a mis manos antes que a ellos; los dos primeros estaban extenuados (Palma y Gómez) decían que no podían más y Palma en una de ellas decía a Maceo, que era él que se resistía a rendirse:
“Desengáñate Antonio, las guerras necesitan dinero, dinero y dinero y nosotros ya no tenemos ni hay quien nos lo dé. La gloria de independizadores le cabrá a la otra generación”. El único estorbo era Maceo.
Y luego añadió Weyler:
 - Se me ofrecieron varios para traerme la cabeza de Maceo por $30,000 y ya ve, yo no lo acepté; así se mata a los bandidos y aquel era un valiente que había de morir como murió, honrosamente frente a frente, como un león. Y cuando ya estaba a punto de acabar todo (la revolución) viene mi relevo impuesto por los americanos, a los que no puedo ver, y el gobierno español manda a Blanco, que estaba enfermo de la médula…
 - Cuando llegué a Madrid, procedente de Cuba, fui a ver a la Reina y después de ponerla al corriente, le dije: “Majestad, ahora Cuba se pierde y la Corona de España pierde su más preciosa joya”
Y seguidamente:
 - Por mucho tiempo de Cuba he estado recibiendo cartas insultantes, algunas anónimas y muchas firmadas, y por montones me han mandado cuanto periódico me ha insultado. Cuando el Congreso de Medicina, vinieron algunos médicos cubanos.
 - Entre ellos, Diego Tamayo – dije yo.
 - Efectivamente, pues bien, en el banquete de la Masón Doré, me sentaron a su lado y yo le dije muchas cosas que le he dicho a usted. El me contestaba un poco exaltado (mientras yo sonreía) Al momento de los brindis, brindé por la prosperidad de Cuba y a poco recibí un periódico en que se leía con grandes caracteres “Declaraciones de Weyler: un mambí más”
Todos los que escuchamos nos reímos.
Y continuó:
 - Diga usted a Cuba que tengo el reloj y las prendas que llevaba Maceo cuando murió, que si me dan seis mil pesos las doy…
 - No pide usted poco, le dije con sarcasmo.
Y el contestó vivamente:
 - Para mí, no; lo donaría al Asilo de Huérfanos Militares…
Habló mucho y seguido y abriendo y cerrando la mano derecha y abriendo y cerrando la izquierda en movimiento nervioso. Se había quitado los guantes y parecía mentira que aquellas manazas flacas y llenas de nudos fueran propiedad de aquel cuerpo minúsculo pues ya tiene 82 años y se nota que no ha perdido energías…
¿Y esto de las bombas, General? Preguntó el canónigo
Yo no puedo hacer nada. La plaza no está en estado de guerra. Anoche, en casa del Gobernador, le dije al Jefe de Policía: Oiga usted, es una vergüenza que sigan colocando bombas, teniendo usted tanta policía y tanta Guardia Civil…
- ¿Y usted que haría si se declarara el estado de guerra?
- Mire usted, lo mas importante es saber donde y quienes hacen las bombas, de donde sacan los explosivos… En la otra vez que yo vine designado Jefe Militar de la Plaza, mataban con inyecciones de estricnina a los caballos de carros y coches y no era posible descubrir a los autores. Me dirijo entonces al Jefe de la Policía. Me decían que con unas jeringas que llevaban preparadas, escondidas entre las mangas de la camisa, pinchaban al menor descuido al caballo y no dejaban huella. Bien está, le dije yo al Jefe de la Policía. La venta de la estricnina está prohibida, a menos que la recete un médico. Le doy a usted ocho días para encontrar a los que venden y compran estricnina y tan pronto los detenga, me los mete en Monjuich (cárcel de Barcelona) o en su defecto irán usted y sus jefes subalternos a los calabozos. Y antes del tiempo fijado, todo estaba descubierto… La estricnina, en grandes cantidades, venían de Francia…
Ese mismo procedimiento seguría ahora…
Habló de sus hijos, maldijo los infumables gobiernos españoles, puso a Romanones de vuelta y media, y se levantó para despedirse.
Funerales de Valeriano Weyler. Nuevo Mundo, Madrid, 18 de septiembre de 1931.
Cuando se puso de pié, me pareció imposible que aquel hombrecito, enfundado en un chaquet, bastante usado, por cierto, fuera el mismo hombre que hemos oído nombrar y maldecir tantas veces en Cuba, y rodeado de un nombre de fiereza…
Al despedirse, me extendió su manaza y… francamente le di la mía… con un resto de escrúpulos y un algo también de lástima… por estar… tan viejecito…
Corto esta, querido papá, porque tengo que acompañar a Cachi a casa del Doctor… Hasta mi próxima… Besos y abrazos a todos, y para ti uno fuerte y cariñoso de tu

Nena

Fuente consultada:
Archivo Nacional de Cuba.  Revista “Cuba Profesional” Año del Centenario del Apóstol José Martí. Fecha: Octubre, Noviembre y Diciembre de 1953, en: Fondo Donativos y Remisiones  Legajo 443 No 24.

sábado, 29 de diciembre de 2012

¡Feliz Año Nuevo 2013!


martes, 27 de noviembre de 2012

¡Gracias, Argentina! En torno al centenario de la muerte de Brindis de Salas. Por Raúl Ramos Cárdenas.

Chevalier Brindis de Salas. Berlín. © Corbis.
La proclamación  por parte de la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas, del año 2011 como "Año Internacional de los Afrodescendientes" deviene ocasión propicia para evocar la memoria de una de las más excelsas personalidades negras de Cuba en el centenario de su desaparición física y  también del 160 aniversario de su nacimiento, hecho que se conmemora en el año que cursa.

Tal es el caso del genial violinista cubano, Claudio José Domingo Brindis de Salas y Garrido, quien llegara al mundo un 4 de Agosto de 1852, en una humilde casa de la habanera calle Águila - hoy marcada con el número 822 - y que paseara su nombre y su arte a nivel internacional, en una época en que los prejuicios raciales derivados de cuatro siglos de esclavitud en la Isla, se alzaban como poderosos valladares para la realización plena de los ciudadanos de piel oscura en cualquier manifestación del quehacer humano. El hecho de haber podido escalar a lo más alto en la ejecución del más pequeño de los instrumentos de cuerda  y dejado  huellas de su maestría en  diferentes escenarios de Europa y América durante las tres ultimas décadas del siglo XIX, merece una justa recordación en esta hora, que rompa con el anonimato que aún envuelve a esta gran personalidad de la cultura entre la mayoría de los cubanos.

Gracias a una excelente compilación de textos sobre la vida de Brindis titulada "Presencia y vigencia de Brindis de Salas" del autor cubano Armando Toledo, pudimos adentrarnos en facetas diversas del bien llamado "Paganini negro" calificativo con que le bautizara un diario italiano de su época, en alusión a Nicolo Paganini, el más grande de todos los violinistas conocidos. Dicha compilación, en la que aparecen autores que conocieron personalmente al artista,  se convierte en referencia obligada para todo el que desee indagar sobre tan apasionante personalidad del arte musical; no obstante, lo dicho con anterioridad no agota la posibilidad de profundizar aún más en su existencia zigzagueante e indómita, mas bien constituye un acicate para que investigadores y amantes del saber, entre otros,  se den a la tarea de enriquecer en detalles una vida pletórica de éxitos, aventuras y desventuras que por regla general caracterizan también las de otros genios de su talla.

Múltiples fueron las relaciones que como personaje de la "gran escena" tuvo Brindis a lo largo de su vida, las cuales avalaron los reconocimientos que con abundancia le dedicó la crítica especializada en publicaciones de América Latina, Estados Unidos y Europa, gracias a su  exquisita ejecución. Esta circunstancia le permitió el honor ser condecorado por varios dignatarios europeos con las máximas órdenes de sus países, a saber: la Cruz del Águila Negra, título de Barón del Imperio Alemán, Caballero de las Ordenes Isabel la Católica y Carlos Tercero, de España, la Orden del Cristo, de Portugal y la de Caballero de la Legión de Honor, de Francia - entre otras – dan una imagen del rango alcanzado por esta legendaria figura [1].

El color de su piel no le impidió - casi milagrosamente - abrirse paso en la escala social del país en que naciera, por entonces una de las últimas colonias de España en América,  con un caduco sistema esclavista que consideraba al hombre negro poco menos que una simple mercancía. La especial circunstancia de haber contado con un padre músico, profesión en la que les era permitido moverse en sociedad a algunos negros "libres" amén de la férrea y esmerada educación que este dio a sus hijos,  contribuyó a que el talento infantil de Brindis pudiera ser encausado, entre otros mentores, por un  reconocido maestro del violín radicado en la capital de la Isla por aquellos días, el belga José Vander Gutch, a cuya iniciativa debió el pequeño Brindis su debut en el Liceo Artístico de la Habana el 18 de Diciembre de 1863, con apenas 11 años de edad.

El joven Brindis de Salas.
Este suceso musical tuvo una significativa relevancia para la historia de la música cubana, si se tiene en cuenta que en dicha función aquel niño estuvo acompañado al piano por otra futura gloria musical de la Isla, el pianista Ignacio Cervantes. De ahí su meteórico ascenso que primeramente le llevó en 1869 a acceder a una plaza de estudios en el Conservatorio de París, teniendo su clímax en 1871 al graduarse con el primer expediente de esta prestigiosa institución francesa.

Nada de esto podría explicarse en la vida de aquel joven negro, si no fuera, entre otras consideraciones, por la grandeza del genio, que no reconoce fronteras y por la calidad del claustro de  profesores que pulieron allí su arte, lo que unido a sus dotes indiscutibles para la ejecución del instrumento y el roce natural con la vanguardia violinística de la época, llevaron a Brindis a la perfección de su arte y posterior consagración, que le catapultó al éxito, a la fama  y  las glorias; se cuenta que tuvo al “desorden como norma y al mundo por escenario”   hasta el declive total de su estrellato.

A la Argentina, ese hermano país de nuestra América y tierra generosa que acogió sus restos tras su muerte, ocurrida el 2 de Junio de 1911, debemos los cubanos gratitud eterna. Solo la casualidad impidió que Brindis fuera olvidado para siempre, dadas las tristes condiciones en que se encontró su cuerpo agonizante, dos días antes de su deceso, en una humilde posada de Buenos Aires: solo, enfermo, sucio, con las ropas y los zapatos raídos, que únicamente por el orgullo característico de su raza y estirpe, hicieron revelar su identidad en esa hora fatal al encontrar los enfermeros que le atendían un corsé mugriento, apretado a su cintura - resto de sus días de gentleman - en los bolsillos del saco un pasaporte, un programa de presentaciones y un retrato de mujer, lo cual les hizo comprender de quien se trataba, preguntándose a la vez, quizás, como el ídolo de ayer, tan rico, aclamado y famoso, se despedía de este mundo en forma tan deplorable como aquella, tras arribar por última vez a esa misma tierra que antaño le viera triunfar rotundamente.

Lo que sucedió después pertenece a la leyenda. Con la identidad ya descubierta y conocida la noticia en aquella inmensa urbe, que le aplaudió y amó hasta el delirio en sus días de gloria (se cuenta que  los argentinos le obsequiaron un valioso violín de la marca Stradivarius) la colonia cubana residente allí, con la ayuda de la revista ilustrada PBT, le tributó solemnes funerales, a los que concurrió todo el mundo artístico y la afición musical porteña, dándole piadosa sepultura en una modesta tumba provisional del Cementerio del Oeste (La Chacarita) en espera de las gestiones de repatriación que debía realizar algún día el gobierno de Cuba.

Entretanto, la primera referencia sobre su deceso se daba a conocer en su tierra natal cuatro días después, por medio de una breve nota aparecida en las páginas del diario La Discusión en su edición  del martes 6 de Junio:

"Brindis de Salas._

Los periódicos que reciben el servicio cablegráfico de la Agencia Laffan, publican esta mañana el mensaje siguiente:

Buenos Aires._ Junio 5. Claudio José Domingo Brindis de Salas el famoso violinista cubano, falleció en un hospital de esta ciudad el día dos del corriente mes de Junio.
Su presencia en esta capital, donde cosechó tantos laureles era ignorada de todo el mundo y su muerte ha causado sorpresa y dolor entre los amantes del arte.
El gran violinista cubano había estado arrastrando una mísera existencia en uno de los barrios más pobres de esta ciudad."

Posteriormente, el 15 de Junio, la misma fuente publicó una reseña titulada "Algo de música" de la autoría del señor Hubert de Blanck, quien a grandes rasgos hacía un esbozo de la vida y obra de aquel genial artífice de las cuerdas.

Con el devenir de los años y fresco aún el recuerdo del Paganini negro en el corazón de los argentinos, este volvió a convertirse en noticia el 11 de Junio de 1917, fecha en que se cumplía el plazo de estancia fijado por las autoridades del cementerio bonaerense, lo que obligaban a enviar los restos del artista al osario general. Por ello el diario La Razón alzó su voz exhortando a que se le diese una sepultura merecedora de la alta alcurnia artística al genio cubano.

Fotografía del artista en su etapa de madurez.
Otra vez Argentina salvaba para la posteridad el recuerdo del ilustre violinista, pues fruto de urgentes gestiones de parte del gobierno y distintas corporaciones artísticas y musicales, se logró que aquellos restos descansaran por mas tiempo en el mismo sitio en que fueron inhumados, plazo que se extendió hasta el año 1930, cuando el Presidente cubano Gerardo Machado Morales dio instrucciones a una comisión creada al efecto, presidida por el entonces Ministro cubano en Argentina, señor Néstor Carbonell, para que cumpliera acertadamente  con el noble reclamo de los argentinos.

Este anhelo se convirtió felizmente en realidad, cuando el 24 de Mayo del propio año arribó al puerto de la Habana el vapor "Sub-Cubano" que trajo al seno de la tierra que le vio nacer, al bien llamado en su época "Rey de las octavas" *[2].

Como muestran algunas de las imágenes que acompañan este trabajo, tanto argentinos como cubanos rindieron una vez más sentido homenaje de despedida al artista,  que incluyó una solemne misa en la Basílica de San Francisco, luego que sus cenizas fueran depositadas en una  urna de bronce, obra del escultor Luis Perlotti. A continuación, se celebró una velada lírico-musical organizada por la asociación musical Amigos del Arte, con números de canto y música, recitación de versos y discursos del ministro cubano, de Martín  Durañona y Eduardo Zicari, en representación de la Sociedad de Artistas Camuati y de Jorge Servetti, representante del Sindicato de Autores Cubanos en Buenos Aires.

Lamentablemente, hay que aceptar que han sido escasos e insuficientes en su país de origen las referencias y el reconocimiento que merece este grande de la música. Pienso que si no se le reconoce en su tierra es, en parte,  porque no se le conoce suficientemente y porque sus hechos – que fueron muchos e importantes – yacen en un inaceptable olvido para los cubanos de hoy. Por solo mencionar un detalle: la fachada de la casa donde viniera al mundo esta gloria de Cuba luce hoy un estado muy deplorable, tanto para la comunidad en general como para los visitantes extranjeros que en alguna ocasión se hayan detenido asombrados ante la también descuidada tarja que identifica el hecho histórico y que - por ironías del destino o por azar – se mantiene aún desafiante a los embates del clima y la desidia. 

Por ello me gustaría dedicar estas sencillas letras al coloso de ébano, más allá del vínculo familiar que nos une. De pequeño, recuerdo haber escuchado la referencia al apellido Brindis, una y otra vez, en tertulias hogareñas a las que podía tener acceso, hasta que con los años y la consecuente precisión de mis padres y parientes más cercanos, pude conocer - para mi sorpresa - de que mi bisabuelo materno, el señor Juan Calves Brindis, había sido sobrino del gran violinista y que por esa razón a nuestra familia se le identificaba como “los Brindis” en el habanero barrio de Belén, lugar de residencia de mis antepasados y el mío propio.

Aunque en la actualidad el apellido ya ha desaparecido en esta rama del  parentesco familiar, aún se mantiene entre los que vivimos el orgullo hacia la figura del  "Chevalier"  Brindis de Salas.  

El talento y la majestuosidad interpretativa del Gran Maestro del violín, tantas veces alabadas por el público y la crítica de su época, fueron recreados  acertadamente en su día por medio de un artículo que vio la luz en el diario argentino La Nación, gracias a la destreza literaria del crítico de arte Enrique Frexas,  testigo presencial de la actuación del artista en una fiesta privada, celebrada en la casa del prócer de ese país, Bartolomé Mitre, una fría noche de agosto de 1889.

Debió haber sido impactante en grado sumo la reacción de los presentes, incluyendo la del propio Frexas, ante el derroche de melodía y habilidad violinística por parte del intérprete en aquella velada, para escribir como lo hizo este anónimo crítico. Tal vez, nunca imaginó la repercusión que iba a tener su propuesta, pues a partir de ella se le abrieron de par en par a Brindis las puertas del éxito en ese país hasta convertirse en uno de sus ídolos.

Recibimiento a los restos de Brindis a su llegada a la Habana. Revista Carteles,  junio de 1930.
Por el exquisito detalle con que el autor describe un acontecimiento especial para la historia de la música, esta pieza literaria que a continuación regalamos al lector, califica como un insuperable testimonio que nos devuelve - a la distancia de cien años -  a un Brindis de Salas de carne y hueso, embriagando a todos sus admiradores con las más extraordinarias notas de su mágico violín.

"Afuera hacía un intenso frío, el frío de la cruda noche del domingo. Adentro, en la sala de familia, el aire estaba templado por el fuego de la chimenea, por la gran araña de bronce, toda encendida, y por las amplias tapicerías cuya acción es siempre doble, tanto por la parte física en la conservación del calor y la defensa, cuanto por la parte moral en la asociación de ideas que provocan los nobles pliegues del terciopelo y el raso.


No había la animación de la gran fiesta: era simplemente la familia y algunos íntimos en ese ambiente tranquilo que sigue a la comida del hogar. Pasando al salón, se habían diseminado las señoras cerca del fuego, y los hombres, en diversos grupos, continuaban algún último tema de conversación pendiente en el comedor.

Había entrado allí con una familiaridad de trato social que no alteró el ambiente, un hombre original, alto, de buenas formas, color de ébano y vestido de rigurosa etiqueta. Era Brindis de Salas, el violinista cuyo nombre, original también, tiene ya la fama de una reputación merecida.

Todos sentían como una vaga curiosidad de agrado, aunque se trataba de cosa desconocida.

Salas se había puesto de pie, al lado del piano, en el que el maestro Rodó lo acompañaba. Su mano se alzó de pronto, cayendo con el arco sobre las cuerdas del violín. Algo extraño pasó entonces.

Aquello era un sonido, una sola nota, pero que con su vibración se había apoderado de cuantos estaban en la sala. Desde aquellos momentos todos, miraron al mismo punto, y todos parecían seguir con profunda abstracción, y algunos hasta con el movimiento de su cuerpo, los giros de la frase, sus inflexiones, el dibujo sonoro, en fin, que es el ritmo melódico.

La soberbia "Cavatina" de Raff, después de sus compases iniciales, empezaba a crecer con todo su vigor, desenvolviendo sus arranques magníficos, alzando sus entretejimientos de cantos, viboreando en giros inesperados y llenos de acentuación originalísima, alternando con vigorosísimos plaqués a cuatro cuerdas con los armónicos delicadísimos o los finales suaves y dulcemente acariciadores.

¡Raro efecto! No se oía más que la música; nadie pensaba en que se estaba oyendo a un artista. Es que este había desaparecido, aniquilado en su presencia por la vivificación que de aquel trazo hacia. Tal comprensión había en la música, tal dominio del instrumento poseía, de tal manera parecía fundirse en el, de tal manera todo su fluido vital era absorbido por aquella ejecución, que todo era como una cosa sola la música que se escuchaba.

En ese, y  ningún otro, el gran secreto de las bellas artes: el dominio del medio, sea el pincel, el arco o la palabra, de traducir noble y fielmente los íntimos fenómenos del cerebro propio, para tocar con ellos a los demás, o sea, establecer fácilmente la cadena vibratoria de centro a centro nervioso. Por eso, porque ha establecido esa cadena, la agita, la hiela o la enrojece, alguien domina a los demás que caen bajo su imperio hasta sentir la misma excitación del que ejecuta.

Llegó un momento, sin embargo, en que el ejecutante se hizo por él notable, fue cuando al tomar la frase enérgica, violentamente enérgica en su arco suave – raro efecto, porque empleando todo el poder de la muñeca no se oía roce alguno del arco con el violín – siguió aumentando aquel esplendor sonoro, cada vez mas amplio y el violín parecía multiplicarse, y las voces crecían, y entre todo eso se desgajó como un torrente de ejecuciones múltiples entrelazadas, todo tan limpio y rendido, que al redondear la frase en un giro de vuelo sorprendente, se despertó en todos un sentimiento de sorpresa, sentimiento que era el de lo nuevo -muchos no habían oído tocar así – y fue la noción de la diferencia lo que hizo volver la cabeza hacia el artista.

Fue entonces que se le aplaudió en un arranque que terminó su frase. Después de oír el ruido de las manos, comprendimos que no debíamos aplaudir mas; hacía mal efecto semejante ruido después de tales sonidos.
Imágenes gráficas de la despedida a los restos de Brindis. Revista Carteles, Junio de 1930.
Y la atención se reanudó sobre aquel artista extraño, severa estatua de ébano, seria y correcta en su escuela de movimiento, que se destacaba sobre el fondo de terciopelo y oro de la tapicería.

El siguió con todo su poder la "Cavatina"; se conoce que es un hombre de pasión por su instrumento, el noble violín, a que es natural la identificación, como formando un solo cuerpo vibrante con el ejecutor, caja de resonancia y pensamiento, que entre ambos parece hacerse como un solo elemento de arte.

Así, llevado en el movimiento musical, a la difícil "Cavatina" siguió la "Fantasía", de Ernst, sobre temas del "Otello", de Rossini. La primera había terminado con su nota larga, que poco a poco se va apagando, y la segunda empezaba con el canto inspirado del gran maestro, tomado por Ernst de la legitima manera de Rossini, seria y grandiosa, no con el error de las virtuosidades mal llamadas "rossinianas" pecado de los cantantes de la época en contra del autor, por lo que juró no escribir más operas después de su Guillermo.

En esta pieza de gran concierto, aquel hombre poseído de su momento musical que la hacía abordarla, después de otra de mucha dificultad, pudo lucir aún más su completo dominio del instrumento, así como sus condiciones generales de artista igualmente fuerte, justamente equilibrado de todos los géneros; la fuerza, el brillo, la delicadeza o la bizarra originalidad de la frase.

Apenas concluida la "Fantasía", de Ernst, el incansable violinista empezó a ejecutar una paráfrasis sobre temas de "Lucía de Lammermor". Esta pieza era la de un pasionista de la melodía llevada a los más inspirados temas del maestro divino, como decía Verdi; era también la obra de un armonista notable por sus sucesiones de acordes y de un fuerte contrapuntista que se revelaba con gran poder en la interpretación del quinteto con sus efectos orquestales y capital propio, también llenando un inmenso cuadro sonoro de un trabajo continuo sobre las cuatro cuerdas del instrumento.

Aquí la fusión del artista a su momento musical fue aún mayor, y fácil de explicarse esto, sabiendo, como se comprendió desde el principio, que esa paráfrasis es de Brindis de Salas.

Puede decirse, porque hasta ahora no hacemos un juicio crítico, sino que fielmente trasladamos la impresión recibida, que desde aquel golpe de arco primero hasta el último de la paráfrasis, todos estuvimos, no sin sentirlo, sino sintiéndolo, y mucho, bajo el encanto poderoso de aquellos sonidos que nos embargaban.

Era natural apretar la mano de aquel artista, terminada la ejecución de su paráfrasis, a lo que un buen momento de conversación animada y una taza de té en el comedor siguió como agradable parte segunda de la reunión.

Su personalidad musical es fácil, bien fácil de comprenderse desde el primer momento, justamente por su misma franqueza correcta de gran escuela, severa, definida y clara.

Brindis puede ser juzgado y rápidamente se comprende en él un artista completo, señor y dueño del instrumento, severo y correcto ejecutante, sin ninguna de las farsas de brillo dulcamaresco con que quieren deslumbrar los que de artista nada tienen.
Caras y Caretas, Montevideo, 20 de septiembre de 1891.
Hombre de talento propio, de capital individual en su manera de ejecución, ya sea abordando el género delicado, o el enérgico o el fantástico, es ceñido a la escuela moderna del violín, la que ha profundizado en todos sus recursos, los que fácilmente juegan en su mano e impregnan su ejecución de la clásica y eléctrica robustez sonora que lo caracteriza.

Brindis es, pues un artista que se presenta con el progreso de su instrumento, y los que han podido seguir la evolución del arte del violín, estudiándolo en sus más clásicos representantes, hallan en este hombre el último modelo que nos ha llegado en ese perfeccionamiento. Tan clásico es Brindis, que puede en él, al apreciarse la escuela, verse lo que ésta ha progresado.

En él la frase vale por sí misma, jamás es un medio de efecto; profundamente músico, todos los recursos de su educación artística no son sino para el arte, y de aquí la valorización de todos los matices que descubre a los que ejecuta, y que con facilidad le permiten abordar todos los géneros del instrumento, forman el cuadro musical completo que dibuja y colorea en cada pieza con armónicas equivalencias y con igual maestría, desde los grandes golpes poderosos hasta las medias tintas esfumadas como un suspiro.

Bajo la influencia de este orden de ideas, volvimos a la sala. Allí el violinista nos sorprendió con la repetición de la "Cavatina", de Raff, a la que siguió "Souvenir de Haydn", de Leonard, la admirable pieza favorita de nuestro público.

Después, Brindis tocó, simplemente como estudio brillante de una y otra mano consecutivamente, un arreglo suyo de "El Carnaval de Venecia".

Aquel alto joven extraño que nos tuvo fascinados tanto tiempo, se alejó al fin, dejando un recuerdo insistente, que no pasó en largo rato, hasta que una pequeña artista, bella cabecita rubia, dotada indudablemente de talento musical, tocó algunos momentos en el piano.

Buena noche tibia, agradable, abrigada, a la que quedaba en aquella sala, de medio tan afectuoso; fría por el contrario en la calle, donde nos alejamos entre el barbero viento de agosto."[3]


Raúl Ramos Cárdenas


[1] Un artículo del periódico Previsión, órgano del Partido Independiente de Color correspondiente al mes de Abril de 1910, se refirió a la obra de Brindis y de José White, también famoso violinista negro de la época:
"[…] White y Brindis de Salas, que arrancan a sus violines raudales de armonía que aplauden en sus salones Guillermo de Alemania y Eduardo VIII de Inglaterra, colmándoles de honores y de cruces […]"
[2] Los restos de Brindis descansan en la antigua Iglesia y Hospital de San Francisco de Paula, en la Habana Vieja, muy cerca de la Alameda de Paula. (Nota del Autor)
[3] Toledo, Armando: "Presencia y vigencia de Brindis de Salas." Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1981, pp. 79-84.

Bibliografía consultada:
Toledo, Armando: "Presencia y vigencia de Brindis de Salas." Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1981.
Revista "Carteles", La Habana, 1 de junio de 1930.
Fototeca del Archivo Nacional de la República de Cuba.
Diario "La Discusión", 6 y 15 de junio de 1911.
Periódico "Previsión", abril de 1910.

miércoles, 18 de julio de 2012

Cumanayagua de Gina Pellón*.

Cuban Postcard Collection, University of Miami Cuban Heritage Collection.
Cumanayagua fue el pueblo de mi infancia. En él viví entre los ocho y los catorce años de edad. Mis recuerdos de aquellos tiempos han quedado algo empañados por la época en que lo viví: el final del machadato y los años de recuperación económica que le sucedieron. Pero no porque este período de la historia de Cuba enturbiara el horizonte de muchas familias cubanas, entre ellas de la mía por muy numerosa, Cumanayagua dejaba de ofrecer la imagen de un pueblo de provincias con un singular desarrollo cultural.

Recuerdo de Cumanayagua su calle principal o Calle Real; también la iglesia y frente a ella el café en donde tomé, por la primera vez, a los siete años, mi primer helado. El Paseo del Prado o Paseo Martí, con una hilera de pinos a ambos lados que hacía pensar en ciertos pueblos norteamericanos. Cerca del Paseo, estaba el único cine, en donde vi, al menos unas diez veces, una película en la que actuaba Shirley Temple. Cumanayagua fue fundado antes que Cienfuegos, pues el pueblo ya existía hacia 1804 y poseía una parroquia dirigida por el Padre José Elías Fleites.

En mi memoria queda un pueblo que, en ese entonces, vivía al ritmo de la política. Eran los años en que el ABC, partido que se oponía a Machado, desplegaba una intensa actividad. Un pariente mío, medio hermano de mi madre, llamado Eduardo Torres Morales, periodista de profesión y fundador de no pocos periódicos en el mismo Cumanayagua y luego en Cienfuegos, nos traía a casa el acontecer político de la nación, aunque también la cultura. Pues, es justo decirlo, a pesar de no ser una localidad importante, Cumanayagua disponía de varios periódicos de amplia circulación y desarrollaba además importantes actividades sociales a través de las cuatro logias masónicas -Francisco Sánchez Curbelo, Deber n° 28, la Logia Juvenil Ajef "Dionisio Peón" y Hijas del Deber N° 42-, así como las sociedades de recreo u asociación -Liceo, Casino Español, Club Progresista, Club de Leones, Sociedad China y Centro de Veteranos- que en él existían. En el panorama político se destacaba la labor del abecedario Anaya Murillo, un activista muy generoso gracias al cual obtuve un pase gratuito para viajar a Cienfuegos a cursar mis estudios secundarios. Todos los días emprendía ese viaje en guagua hasta Cienfuegos, en unos de los autobuses de la compañía Ómnibus Menéndez que unía al pueblo con esta ciudad.

Cumanayagua no tenía Carnaval, pero festejaba la fiesta del cumanayagüense todos los 3 de mayo. En esa fecha se daba un gran baile en el Liceo y recuerdo que de pequeña contemplaba admirada la belleza y elegancia de las mujeres del pueblo, listas para participar en tal evento. Muchas confeccionaban sus propios trajes con telas que compraban en La Villa de París, una tienda en la que por 20 centavos se compraban hasta tres metros de tela. Los domingos, alrededor del Paseo del Prado, los jóvenes se paseaban y se exhibían. Era el momento de buscar partido para no quedarse para cuidar sobrinos.
Cuban Postcard Collection, University of Miami Cuban Heritage Collection.
Como todos los pueblos de Cuba, Cumanayagua tenía sus personajes sui géneris. Uno de ellos era Samuel Feijoó quien antes de convertirse en el investigador que es hoy venía siempre en bicicleta a casa y le decía a mi madre: "Cuídame a Lela". Lela, era el nombre que le había puesto a su bicicleta, y siempre la dejaba en casa antes de irse al Cementerio Viejo a leer o escribir poemas. Ése fue el Samuel Feijoó que yo conocí, un personaje que nadie tomaba entonces por muy serio y que, visto desde lo apacible de la vida de provincias, parecía excéntrico.

No lejos del pueblo, adentrándonos ya en el Escambray, estaba una de las bellezas naturales más admirables de Cuba. Digo estaba porque para nadie es un secreto que la revolución castrista se ocupó de arrasarla sin dejar pruebas de su existencia. Me refiero a la cascada o salto del Hanabanilla, impetuoso torrente formado por los ríos Hanabanilla y Arimao, a donde íbamos siempre de excursión y hacia el que se dirigían no pocos turistas deseosos de conocer el salto más importante de Cuba. Hoy día -he visto fotos que han traído de allá-, el Hanabanilla no existe. Lo cubrieron con un puente y con dos vertientes de gravilla para hacer una hidroeléctrica y una presa. Me pregunto si algún día se podrá recobrar el curso natural del río que lo alimentaba y por consiguiente la cascada natural que allí se formaba.

*Gina Pellón (Cumanayagua, 1926). Pintora cubana exiliada en París desde 1959.

viernes, 6 de julio de 2012

Colores de una guerra fratricida. Reportage fotográfico del conflicto Hispano-Cubano-Norteamericano de 1898. (a José Ramón Morales, in memoriam)

Quinto batallón del Ejército de Artillería Norteamericana. Alturas de San Juan ,Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Miembros de los batallones 24 y 25 del Regimiento de Infantería Norteamericana, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Soldados negros de los batallones 24 y 25 del Regimiento de Infantería Norteamericana, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Quinto Cuerpo del Ejército Norteamericano preparando un viaje a Santiago de Cuba, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Quinto Cuerpo del Ejército Norteamericano caminando hacia Santiago de Cuba, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
71 Regimiento de Infantería del Ejército Norteamericano (voluntarios de New York) dirigiendose al frente de batalla, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Paso de la mulas del Ejército Norteamericano, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Obstáculo de alambre de púas del Ejército Norteamericano, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Curva sangrienta en el río San Juan, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Quinto Cuerpo de Infantería del Ejército Norteamericano apuntando con sus rifles, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Quinto Cuerpo de Infantería del Ejército Norteamericano cercando una garita en las Alturas de San Juan, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Quinto Cuerpo de Infantería del Ejército Norteamericano disparando desde la colina en el fondo de las Alturas de San Juan, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Fortín en las Alturas de San Juan, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Fortín en las Alturas de San Juan, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library. 
Trincheras del Ejército Norteamericano en las Alturas de San Juan, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Trincheras del Ejército Norteamericano en las Alturas de San Juan, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Trincheras de la Novena Caballería del Ejército Norteamericano en las Alturas de San Juan, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Quinto Cuerpo de Infantería del Ejército Norteamericano disparando en las Alturas de San Juan, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Soldado enarbolando la bandera Norteamericana en las Alturas de San Juan, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Alrededores del campamento norteamericano en las Alturas de San Juan, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Tropas norteamericanas bañandose en un lago en las Alturas de San Juan, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Soldados heridos, probablemente en Santiago de Cuba, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Trinchera española, probablemente en las Alturas de San Juan, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Soldado muerto, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.  
El mástil y los restos semihundidos del acorazado Maine, La Habana, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Bombardeo naval de la playa del poblado de Daiquiri, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Desembarco de la Novena Infantería en la playa del poblado de Daiquiri, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.  
Novena Infantería en la playa del poblado de Daiquiri, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Voluntarios cubanos desembarcando en la playa del poblado de Daiquiri, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Voluntarios cubanos desembarcando en la playa del poblado de Daiquiri, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Voluntarios cubanos desembarcando en la playa del poblado de Daiquiri, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Calle en Santiago de Cuba, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Calle en Santiago de Cuba, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Los acorazados "New York" y "Vixen" , Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
El acorazado español "Vizcaya" visto a través de los restos del "Maine", Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Destrucción del acorazado español "Vizcaya" en la Bahía de Santiago de Cuba, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Restos del "Almirante Oquendo" en la Bahía de Santiago de Cuba, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.
Parte de los restos del acorazado español "Infanta María Teresa" en la Bahía de Santiago de Cuba, Cuba. © Theodore Roosevelt Collection, Harvard College Library.

Nota importante: todas las imágenes reproducidas en este post pertenecen en su totalidad a la Theodore Roosevelt Collection, de la  Harvard College Library.