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El general Weyler, (La Esfera, Madrid, 25 de octubre de 1930) y Rosario Ros Caballero. |
Las circunstancias puramente
casuales que hicieron coincidir en una velada familiar en la ciudad de
Barcelona a una mujer cubana con el tristemente célebre General español
Valeriano Weyler, nos sirven de pretexto para conocer - en primera persona - aspectos sicológicos de este personaje y sobre algunas de sus vivencias en
Cuba.
Gracias a la autoría del Dr. Mario Martínez
Azcue, quien escribió un articulo bajo el mismo título que el que encabeza el
nuestro y que vio la luz en el año 1953, a través de las páginas de la revista
Cuba Profesional, pudimos adentrarnos con sorpresa en aquel suceso histórico,
narrado por la protagonista en carta a
su padre, el señor Joaquín Ros, médico guantanamero y veterano de la
independencia cubana.
Rosario Ros Caballero, residente en España, adonde viajó un día con el fin de
especializarse en música y contrajera allí matrimonio, es el nombre de aquella
valiente criolla, cuyo gesto introdujo una nota de desaire en la reunión a la
que fue invitada en casa de una dama de la más rancia nobleza española, sin
advertir que el gran anfitrión de la tertulia familiar era el antiguo victimario
de tantos cubanos inocentes.
Como ha quedado grabado en la memoria
histórica de nuestro país, Valeriano Weyler fue el despiadado jefe militar que
con su criminal política de reconcentración de la población, a partir del año
1896 en que relevó de su cargo al anterior Capitán General Arsenio Martínez
Campos, provocó miles de víctimas mortales a causa del hambre y las
enfermedades entre mujeres, ancianos y niños, en su mayoría obligados a
abandonar sus lugares de residencia en los campos, con tal de impedir la ayuda en
alimentos a las tropas mambisas, lo que unido al bloqueo norteamericano de los
puertos cubanos, con el objetivo de hacer nulo el comercio español con la Isla, llevó a la ruina económica
del Cuba, que para esa época era ya más colonia de los Estados Unidos que de
España.
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Última fotografía del general junto a su hermana doña Celestina en el retiro mayorquino de San Roca. La Estampa, Madrid, 11 de noviembre de 1930. |
Los comentarios vertidos por Weyler acerca de sus experiencias en Cuba como Capitán
General, involucran aspectos del espionaje a la correspondencia cursada entre
los principales jefes de la insurrección: el Lugarteniente General Antonio
Maceo, el General en Jefe del Ejército Libertador Máximo Gómez y el Delegado
del Partido Revolucionario Cubano Tomás Estrada Palma, cuyas cartas, supuestamente, llegaban primeramente a sus
manos y tanto Gómez como Estrada Palma -
al decir de Weyler - “estaban extenuados” por el desgaste de la guerra y que
Maceo era el que más se resistía a rendirse.
Asimismo, este hace gala de un alarde sin límites
con relación a las posibilidades de ofrecimientos que no le faltaron, “para que
le trajesen la cabeza de Maceo” por una suma considerable de dinero, a lo cual
se negó, pues reconocía en el jefe cubano el valor y la temeridad; sin embargo
mandaba a decir a Cuba que tenía en su poder las ropas y pertenencias que le
fueron rapiñadas por los voluntarios españoles al héroe cubano y su ayudante,
el Capitán Francisco Gómez Toro el día de su muerte y por ellas pedía seis mil
pesos o las donaría al Asilo de Huérfanos del Ejército de la península, una
prueba más de su mezquindad y carácter deleznable, que no le abandonó ni en su
ya avanzada vejez.
Cabe señalar en esta introducción, que
anteriormente en su libro de memorias de la campaña cubana, publicado bajo el
título“Mi mando en Cuba”, Weyler ya había dado muestras exageradas de su aparente
“pericia militar” contra los combatientes cubanos, con las que trató de
minimizar los contundentes golpes asestados por el Ejército Libertador cubano a
las tropas españolas, principalmente en Pinar del Río, donde operaba el Titán
de Bronce, no obstante la enorme superioridad del Ejército de la metrópoli en
armamentos, pertrechos y soldados y de la criminal política de reconcentración antes
citada.
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Weyler a su llegada a Madrid en 1930 acompañado de su hijo Fernando. La Esfera, Madrid, 25 de octubre de 1930. |
El texto de la carta que podrán leer me releva de extenderme en comentarios
innecesarios; la misma constituye, según el criterio del destacado patriota
bayamés, Dr. Diego Tamayo Figueredo - amigo íntimo del padre de Rosario - un
“documento histórico escrito por un talento sagaz y penetrante” digno de
conservar para el conocimiento de las presentes y futuras generaciones de cubanos.
Barna, 24 de marzo de 1920
Querido papa
Mi carta de hoy es para ti. El tema así lo requiere. El día de San José fuimos
de visita a casa de una viuda amiga de Cachi, madre de cuatro hijos de los
cuales dos son curas y otro está en el Seminario acabando la carrera. Era el
santo del segundo: único que ha escapado de la sugestión de sus profesores y
del ambiente que le rodea! La señora de la casa, prototipo de la buena beata
amante e ignorante madre a la antigua usanza española, nos recibió con grandes
muestras de alegría.
Atravesamos un pasillo en el que ardían dos cirios, ante una imagen de la Purísima y entramos en un
salón amueblado con ricos muebles antiguos y adornados con retratos de familia,
uno con su Santidad Pío X y…otro de
Weyler.
La madre nos presentó con orgullo a su Paco, muchacho guapo de 29 años y
sacerdote hace siete; y a su José María que era el festejado.
A poco llegó el Secretario del señor Obispo, guapísimo, arrogante, simpático,
es andaluz y a mas de la gracia con que se distinguen los de su provincia,
hablaba con la animación propia del acostumbrado a triunfar. Tiene 32 años y es
canónico desde hace cinco y Secretario del Obispado desde casi la misma fecha.
Nada mojigato, cura a la moderna, nos entretenía con su conversación en la que
se traslucía el talento.
De pronto y cortando nuestras conversaciones la criada anuncia pomposamente:
“Su Excelencia el Capitán General…” y antes que me diera cuenta que no soñaba, entró
en la sala el señor Weyler. Todos se pusieron de pié y yo inconcientemente me quedé
sentada. La dueña de la casa me presenta…”Una cubanita General…” Y el se
inclina ante mí y yo sentada, hago una inclinación de cabeza. Algo nervioso, se
sienta en una butaca diciendo: “Bien sé que en Cuba no se me quiere bien…”
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Weyler dictando a su hijo Fernando las memorias de su vida. Nuevo Mundo, Madrid, 18 de septiembre de 1931. |
La dueña de la casa, que desconoce todo lo que encierra el General para
nosotros los cubanos dice:
-¿Y por qué General, si usted es tan bueno…?
Yo no despegaba los labios y miraba fijamente un retrato que tenía enfrente y
que me recordaba mucho al bueno de tío Miguel (q.e.p.d)
-Si señor…prosiguió el General, a mi no se
me quiere en Cuba porque se me juzga mal…yo fui la ultima vez a Cuba, con
ordenes terminantes de acabar la revolución y como soldado cumplí con mi deber.
Se me podrá tachar quizás de enérgico, acaso de duro, pero no de injusto. Tengo
la conciencia tranquila…
Cachi me miraba angustiada y yo hablé entonces…
-Con mi
padre no se portó usted del todo mal.
Interrumpiendo entonces mi frase:
-Hágame
usted memoria; me dijo con viveza.
Y yo empecé a relatar los hechos y él, memoria prodigiosa, recordó sin dejarme concluir:
- Recuerdo perfectamente esa recomendación de mi buen amigo Bazán. Lo
deportamos a Costa Rica en vez de Puerto Rico y continuó…Mire Usted - entonces
dijo dirigiéndose directamente a mi -_ los cubanos no me querrán… pero yo
quiero a Cuba más que muchos de ellos. Yo no puedo olvidar los más felices años
de mi vida pasada en Santiago de Cuba, la cuna de las mujeres más lindas del
mundo… Sí señor… en Santiago y en Puerto Príncipe las mujeres eran preciosas,
con unos ojazos, unas cabelleras, unas formas… Entonces era yo Capitán y cuando
las veía pasar en sus volantas, vestidas con sus trajes vaporosos, creía que
soñaba… Aquellas fiestas en el Cafetal Santa Ana, de la familia Vinent y en el
cafetal de la familia Salazar, aquellos campos incomparables, aquellos
espléndidos potreros de Puerto Príncipe…. aquella Habana… hermosísima,
riquísima, incomparable…
- Anoche
– continuó Weyler diciendo – en la fiesta de casa del Gobernador uno me decía
que volvería a Filipinas, y yo le dije: y yo donde volvería sería a Cuba… Sepa
usted que yo tenía que ir a México en vez de Polavieja, y si hubiera llegado a
ir, si el gobierno cubano no me lo impide, lo que no creo, porque no hay razón,
yo desembarco en La Habana
¡Ya lo creo! Porque yo no le guardo rencor a Cuba ni a los cubanos; ellos
tenían razón, cuando un hijo llega a mayor se independiza y los pueblos se
emancipan ¡Ojala que España en vez de mandarme a acabar la Revolución me hubiera
mandado a darles la independencia!
Es lo
que debimos hacer. La autonomía no, yo soy enemigo de las medias tintas. La
independencia. Con lo que no me conformo es con la debacle de las armas
españolas después de tantos sacrificios. Si a mi no me quitan de allí, la
revolución estaba acabada.
Hubiera
vuelto a surgir, General – le dije yo
Mi tía
Cachi me dijo bajo:
No seas
imprudente.
Y él,
sin hacer pausa continuó:
- Yo pagaba un dineral en espionaje y las
cartas que se cruzaban entre sí Estrada Palma, Máximo Gómez y Maceo venían a
mis manos antes que a ellos; los dos primeros estaban extenuados (Palma y
Gómez) decían que no podían más y Palma en una de ellas decía a Maceo, que era él
que se resistía a rendirse:
“Desengáñate
Antonio, las guerras necesitan dinero, dinero y dinero y nosotros ya no tenemos
ni hay quien nos lo dé. La gloria de independizadores le cabrá a la otra
generación”. El único estorbo era Maceo.
Y luego
añadió Weyler:
- Se me ofrecieron varios para traerme la
cabeza de Maceo por $30,000 y ya ve, yo no lo acepté; así se mata a los
bandidos y aquel era un valiente que había de morir como murió, honrosamente
frente a frente, como un león. Y cuando ya estaba a punto de acabar todo (la
revolución) viene mi relevo impuesto por los americanos, a los que no puedo
ver, y el gobierno español manda a Blanco, que estaba enfermo de la médula…
- Cuando llegué a Madrid, procedente de Cuba,
fui a ver a la Reina
y después de ponerla al corriente, le dije: “Majestad, ahora Cuba se pierde y la Corona de España pierde su
más preciosa joya”
Y
seguidamente:
- Por mucho tiempo de Cuba he estado
recibiendo cartas insultantes, algunas anónimas y muchas firmadas, y por
montones me han mandado cuanto periódico me ha insultado. Cuando el Congreso de
Medicina, vinieron algunos médicos cubanos.
- Entre ellos, Diego Tamayo – dije yo.
- Efectivamente, pues bien, en el banquete de la
Masón Doré, me sentaron a su lado y yo le
dije muchas cosas que le he dicho a usted. El me contestaba un poco exaltado (mientras
yo sonreía) Al momento de los brindis, brindé por la prosperidad de Cuba y a
poco recibí un periódico en que se leía con grandes caracteres “Declaraciones
de Weyler: un mambí más”
Todos
los que escuchamos nos reímos.
Y continuó:
- Diga usted a Cuba que tengo el reloj y las
prendas que llevaba Maceo cuando murió, que si me dan seis mil pesos las doy…
- No pide usted poco, le dije con sarcasmo.
Y el
contestó vivamente:
- Para mí, no; lo donaría al Asilo de
Huérfanos Militares…
Habló
mucho y seguido y abriendo y cerrando la mano derecha y abriendo y cerrando la
izquierda en movimiento nervioso. Se había quitado los guantes y parecía
mentira que aquellas manazas flacas y llenas de nudos fueran propiedad de aquel
cuerpo minúsculo pues ya tiene 82 años y se nota que no ha perdido energías…
¿Y esto
de las bombas, General? Preguntó el canónigo
Yo no
puedo hacer nada. La plaza no está en estado de guerra. Anoche, en casa del
Gobernador, le dije al Jefe de Policía: Oiga usted, es una vergüenza que sigan
colocando bombas, teniendo usted tanta policía y tanta Guardia Civil…
- ¿Y
usted que haría si se declarara el estado de guerra?
- Mire
usted, lo mas importante es saber donde y quienes hacen las bombas, de donde
sacan los explosivos… En la otra vez que yo vine designado Jefe Militar de la Plaza, mataban con
inyecciones de estricnina a los caballos de carros y coches y no era posible
descubrir a los autores. Me dirijo entonces al Jefe de la Policía. Me decían que con unas
jeringas que llevaban preparadas, escondidas entre las mangas de la camisa,
pinchaban al menor descuido al caballo y no dejaban huella. Bien está, le dije
yo al Jefe de la Policía. La
venta de la estricnina está prohibida, a menos que la recete un médico. Le doy
a usted ocho días para encontrar a los que venden y compran estricnina y tan
pronto los detenga, me los mete en Monjuich (cárcel de Barcelona) o en su
defecto irán usted y sus jefes subalternos a los calabozos. Y antes del tiempo
fijado, todo estaba descubierto… La estricnina, en grandes cantidades, venían
de Francia…
Ese
mismo procedimiento seguría ahora…
Habló de
sus hijos, maldijo los infumables gobiernos españoles, puso a Romanones de
vuelta y media, y se levantó para despedirse.
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Funerales de Valeriano Weyler. Nuevo Mundo, Madrid, 18 de septiembre de 1931. |
Cuando
se puso de pié, me pareció imposible que aquel hombrecito, enfundado en un
chaquet, bastante usado, por cierto, fuera el mismo hombre que hemos oído
nombrar y maldecir tantas veces en Cuba, y rodeado de un nombre de fiereza…
Al
despedirse, me extendió su manaza y… francamente le di la mía… con un resto de
escrúpulos y un algo también de lástima… por estar… tan viejecito…
Corto
esta, querido papá, porque tengo que acompañar a Cachi a casa del Doctor… Hasta
mi próxima… Besos y abrazos a todos, y para ti uno fuerte y cariñoso de tu
Nena
Fuente consultada:
Archivo Nacional de Cuba. Revista “Cuba Profesional” Año del Centenario
del Apóstol José Martí. Fecha: Octubre, Noviembre y Diciembre de 1953, en:
Fondo Donativos y Remisiones Legajo 443
No 24.