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sábado, 18 de febrero de 2017

ICONOGRAFIA CUBANA XXXII : "El romance del palmar" de Ramón Peón (1938). Para el amigo Manolito Iglesias.


Mientras Rita Montaner bate el mortero, Nena Núñez destapa la olla. Dentro de los estudios de la Compañía Películas Cubanas, S. A., se construyó la cocina de un típico bohío cubano para esta escena de "El romance del palmar".


Ramón Peón, sentado, dirige desde una balsa escenas de "El romance del palmar" en el lago de la finca en donde estaban instalados los estudios de "Películas Cubanas S. A."


Fe (Rita Montaner), la guajirita de "El romance del palmar", cede a las instigaciones de Alberto Vega (José María Linares Rivas) y entona su "Manisero" en el café al aire libre, obteniendo así su primer triunfo artístico. Detrás se puede ver la "Orquesta Orbe" que fue fundada en 1932 y se le llamó más tarde Orquesta de las Hermanas Álvarez.


Fe (Rita Montaner) la ingenua guajirita, gracias a una copa de licor que le ofrece Alberto Vega (José María Linares Rivas) y la música pegajosa de la orquesta se convertirá muy pronto en una mujer cosmopolita).


Dos chinos maniseros, tipos populares del Paseo del Prado, se acercan a ofrecer su mercancía a la pareja de enamorados.


La vida nocturna habanera en esta escena bajo la marquesina del "Saratoga", la mayor del mundo, según decían en la época. Amenizan la noche las chicas de la "Orquesta Hermanas Alvarez".


La típica escena guajira de "El romance del Palmar". De izquierda a derecha: Alberto Vega (José María Linares Rivas), Fe (Rita montaner), Doña Chana (Alicia Rico), Gervasio (Federico Piñero) y Cayuco (Alberto Garrido).


Doña Chana (Alicia Rico) y Don Chucho (Julio Gallo), padres adoptivos de Fe (Rita Montaner), ven partir esta con su esposo, felices y contentos.


Federico Piñero y Alicia Rico en una escena de "El romance del palmar".

Una escena de típico sabor criollo con Alicia Rico y Federico Piñero.


Rita Montaner hace una verdadera creación de "Fe", la ingenua guajirita embriagada de quimeras y de locos proyectos, mientras "Alberto Vega"(José María Linares Rivas), que ha sabido impresionarla, y "Gervasio" (Federico Piñero), su chauffeur, planean la escapatoria a La Habana.


La casi mítica escena de la "comilona" campestre nos regala comiquísimas frases y acciones de sus comensales. De izquierda a derecha: Doña Chana (Alicia Rico), Gervasio (Federico Piñero), Fe (Rita Montaner) y Alberto Vega (José María Linares Rivas).


Cayuco (Alberto Garrido) y Doña Chana (Alicia Rico) en una escena de "El romance del palmar".


En el camerino del cabaret "El Palmar" Coralia (María de los Angeles Santana) y Fe (Rita Montaner).


Fe (Rita Montaner) y Alberto Vega (José María Linares Rivas) en el camerino del cabaret "El Palmar".


Durante el rodaje, Sergio Miró, maquillista de la película, da algunos retoques a Fe (Rita Montaner).


Rita Montaner, María de los Angeles Santana y Carlos Badía en el camerino del cabaret "El Palmar" diseñado por el escenógrafo Rogelio Dalmau.


Rita Montaner y Carlos Badía en una escena de "El romance del Palmar".


En el epílogo de "El romance del palmar" la pareja de enamorados Rita Montaner y Carlos Badía parten en una barca.







© Javier de Castromori

miércoles, 27 de agosto de 2014

Bobadillerías... I "Estrada Pelma (Yambú crítico)" de Fray Candil.

Cayó Estrada Palma, o Pelma, como la piedra en la laguna

“Con rudo golpe en la insondable fosa.”

No me sorprende que haya caído. Lo que me sorprende es que subiese, sobre todo, tratándose de un país donde el que menos se cree un Epaminondas o... un Bismarck.

Cuando le vi – por vez primera y única – en Nueva York, a mi paso para Colombia, para la dulce y triste Colombia, no pude menos de pensar:
“este hombre, por lo mismo que no vale un rábano, irá lejos.”

No tenía dientes y no se daba lustre en las botas. No tener dientes en el país clásico de los dentistas, y no darse lustre en el país clásico de los limpiabotas... se me antojó un colmo.

Luego, fijándome en su frente de mono, en su boca hundida y en sus bigotes de  chino, descubrí que era malo, solapadamente malo. ¿Quién puede ser bueno con una frente así, de un dedo de ancho? La antropología sirve para algo; por lo menos, para ver venir a los presidentes de repúblicas efímeras.

Ahora me explico su traición. Si no llegan los sarracenos y le echan de la poltrona presidencial, fusila a media isla y se declara dictador, como casi todos sus congéneres de la América latina. ¡Qué poco le duró el prestigio! Lo que al negro del cuento, la levita. Aquí sí que viene a pelo: don Tomás, ya comiste, ya te vas, o más exactamente: te fueron.

¿Qué hace ahora el antiguo maestro de escuela? ¿Se habrá dedicado, como el Cándido, de Voltaire a sembrar azamboas o yuca?
Tomás Estrada Palma (1832-1908), primer presidente de la República cubana.
© University of Miami Libraries. Cuban Heritage Collection. 

No era otro el consejo que daba Mefistófeles a Fausto en la última escena de la primera parte del famoso poema.

No me parece bien que los que subieron con él, y gracias a él, sigan tan campantes llenándose la tripa a costa del pueblo.

¿Por qué no cayó Gonzalo de Quesada, ese Absalón de tiple y guayo? ¿Qué hace Quesada en Washington?

¿Para qué sirve Quesada?
Pues no sirve para nada.

Por lo mismo que no sino para nada, a no ser para retratarse al pie de anuncios de específicos que hacen crecer el pelo (sí, le he visto en un periódico, la melena al viento, con un frasco en la diestra); como no estorba – ¡Y cuidado si el mozo es ambiciosillo! – ahí le han dejado, de ministro de una república ilusoria, acéfala.

Cualquier día renuncia Quesada a pasar por orador entre los yanquis, hombres prácticos, pero mudos, como los perros de los caribes que halló Colón en las Antillas.

– Pero usted - me dirán los que están enterados de las cosas del país – no sabe de la misa la media. ¡Renunciar Quesada! Ignora usted que aquí nadie renuncia. Si el puesto fuese gratis, tal vez. Ya ve usted el trabajo que costó – una guerra civil nada menos – que don Tomás soltase el güiro.

Quesada, en vez de renunciar, se ha ido... al Haya, a abogar por la paz europea y el desarme universal. Tiene gracia: un país que acaba de sublevarse y que, dicho sea de paso, carece de personalidad, puesto que está intervenido ¡mandando al Haya (allá se las haya), representantes para que prediquen la paz!

– No, no van a predicar paz ninguna - me dirán los que están enterados de las cosas del país. –Van a pasearse, a sacudir el hígado.

Por de contado que Quesada romperá el fuego.

– No lo crea usted. Manuel Sanguily no se lo permitirá. Bueno es don Manuel para dejarse coger la delantera oratoria.

– Bueno, hablarán los dos a la vez. Lo probable es que no hable ninguno.

No hagamos á Sanguily la ofensa de compararle con Melenas, a quien los congresistas holandeses tomarán por una medusa de los trópicos. Porque es lo único llamativo que tiene Gonzalillo: el pelo. Por eso se lo tomo.
Volvamos a Estrada Pelma. Por lo mismo que nada le debo, ni nada le pedí nunca, me acuerdo de él.

¡Qué a menudo me sucede – automatismo pnemotécnico – acordarme de individuos que vi por casualidad no sé dónde, que no dejaron en mi espíritu huella intelectual alguna! Y al acordarme de él he pensado: yo, que me limpio las botas a diario, que no tengo frente de mono, no hubiera llegado nunca a presidente ni a ministro siquiera.

Estrada aguardó a subir para darse lustre. En cuanto a no tener dientes, ha sido una fortuna para el país. ¡Si no teniéndoles quiso morder!..
Vista del Monumento a Estrada Palma en La Habana, 1945. 
© University of Miami Libraries. Cuban Heritage Collection. 

Pobre don Tomás: como el personaje de “Si j'étais roi”, se acostó presidente y despertó... maestro de escuela. Le queda un consuelo: recordar en su bohío que fue un día G grande y buen amigo » de los amos de la tierra. No todos podemos darnos ese gusto, aunque nos limpiemos a diario las botas y tengamos todos los dientes.

Quesadita, mírate... en esas botas y córtate el pelo, a no ser que, cansado de la diplomacia, te dediques a violinista.

Nada de lo ocurrido impedirá que, andando el tiempo, canonicen a Estrada Palma, como han hecho con otros, tan güiras cimarronas como él. “Para canonizar a los santos – decía Voltaire – sólo se espera a que desaparezcan los testigos de sus tonterías.”

Y no me sorprendería que hasta le erigiesen una estatua. Por mí, que se la levanten. ¡Para lo que sirven, después de todo, las estatuas! Para que se orinen en ellas, de noche, los borrachos y, de día, los perros.

Justicia inmanente de la historia...


Emilio Bobadilla (Fray Candil), (1862-1921)

Muecas. Crítica y sátira, Sociedad de Ediciones Literarias y Artísticas, Librería Pierre Ollendorff, París, 1908.

jueves, 8 de mayo de 2014