Mostrando entradas con la etiqueta Brindis de Salas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Brindis de Salas. Mostrar todas las entradas

jueves, 16 de enero de 2014

El hijo martiniqués de Brindis de Salas y sus otros presuntos vástagos.

Claudio José Domingo Brindis de Salas y Garrido. © Colección Museo Fratelli Alinari, Florencia (Italia).
La vida efervescente y truncada del "Paganini negro" continúa para muchos siendo un interés de primera, tanto en lo que respecta a su arte como a su vida privada. Muchas incógnitas aparecen en la biografía del célebre intérprete y compositor Claudio José Domingo Brindis de Salas Garrido, y entre ellas la de su progenitura; a un total de cuatro o cinco vástagos se le asocian la paternidad del "Rey de las octavas". Desgraciadamente, hasta el día de hoy, podemos afirmar con certeza que uno sólo de esos cuatro o cinco hijos haya existido o declarado real y legalmente.
Ciertos investigadores y periodistas sostienen que Brindis de Salas tuvo un matrimonio con una dama de la extinta Prusia y que de esa unión dos o tres hijos varones vieron la luz; incluso, el propio Brindis en una carta dirigida al director del diario La Nación, en 1889, da testimonio de la existencia de una familia alemana:
"Señor Director de La Nación. Parto mañana a reunirme con mi familia en Berlín, y deseo, antes de dejar estas playas de las que conservaré dulce recuerdo, expresar a la prensa de Buenos Aires cuán profunda gratitud llevo en el alma por la benevolencia con que me ha juzgado como artista, y por la consideración con que me ha tratado personalmente."[1] 
Tanto de la dama prusiana como de los dos o tres hijos, hasta hoy, no existe huella alguna que pueda sentenciar la existencia o no de la familia germana; la escasa información con que contamos dificulta seriamente la investigación de esta parte oscura de la vida de Brindis de Salas.
Hay quienes afirman o retoman la información no verificada, como la del periodista Máximo Sánchez en el The Pittsburg Courrier de 1949, donde nos dice que el matrimonio alemán fue infeliz rápidamente, que Brindis abandonó el hogar dejando tres hijos, una hembra y dos varones, de los cuales nunca más se ocupó ni volvió a ver. También comenta como ambos hijos varones habían sido miembros activos del partido nazi durante la Segunda Guerra Mundial [2], información no muy coherente visto que toda descendencia de Brindis sería forzosamente mestiza, aspecto incompatible con la ideología nazi.
También ciertos investigadores han sugerido la posibilidad de que la poetisa uruguaya Virginia Brindis de Salas forme parte de la progenitura del violinista cubano, pero al parecer Iris Virginia Salas Rodríguez, de su verdadero nombre y apellidos, nacida en Montevideo, el 18 de setiembre de 1908, era hija de José Salas y María Blanca Rodríguez. Se dice que la poetisa uruguaya agregó al apellido paterno el "Brindis" de quien su padre decía ser primo del "Paganini negro" habanero.
Virginia Brindis de Salas (Montevideo, 1908–1958).
Otra evidencia que demuestra la poca posibilidad de filiación entre el músico cubano y la poetisa uruguaya es la fecha de nacimiento de esta última. En efecto, el violinista cubano entre 1905 y 1910 estuvo de gira por toda la península Ibérica y Portugal, salvo los viajes realizados en 1902 a La Habana y Santa Cruz de Tenerife, y en 1908 a New York como lo demuestra una cronología de sus actuaciones entre esas fechas. No es hasta después de su viaje y concierto en Ronda, Málaga, en 1911, que Brindis de Salas toma rumbo a Argentina para morir allí ese mismo año.

Louis Joseph Virgile Claude Brindis de Salas.

El viernes 28 de junio de 1878, el músico cubano llega a Saint-Pierre (Martinica) en el vapor "Cacique", proveniente de Santo Tomás (Barbados), la isla Margarita (Venezuela) y La Habana (principal puerto de salida). Veintitrés días después, el sábado 20 de julio, Brindis de Salas, de 26 años, contraía matrimonio con la señorita Marguerite Rose Hortense Fouché, de 24 años, sin profesión, domiciliada y nacida en esa ciudad, el 19 de marzo de 1854. Diez meses más tarde, el 12 de mayo de 1879, a las cinco de la tarde, nacía de esta unión un varón, Louis Joseph Virgile Claude Brindis de Salas; su padre, ausente, andaba lejos, seguramente interpretando la Cavatina de Raff o la Polaca en re mayor de Wieniawski en el Teatro y Circo del Príncipe Alfonso de Madrid.
El hallazgo del matrimonio de Brindis y Hortence, así como el nacimiento del hijo Claude, lo debemos al escritor e investigador cubano Rogelio Saunders, quien desenterró para la historia biográfica del músico cubano las actas de matrimonio y nacimiento, traducidas y publicadas en 2006 en la revista digital "La Habana Elegante", que edita el amigo Francisco Morán.
¿Cómo y cuándo se conocieron Hortense y Brindis?
¿Acaso venía el músico cubano expresamente para concluir una boda ya programada de antemano, visto la precipitación?
Probablemente, visto que los esponsales se llevaron a cabo sólo veintitrés días después de su llegada a la isla caribeña. Algún tiempo se dio el apresurado músico-viajante de consumar el matrimonio, engendrar una descendencia y dar dos o tres representaciones antes de tomar rumbo nuevamente hacia Europa seis meses después.
¿En esa agitación de viajes y conciertos, llegó Brindis de Salas a volver a ver a su familia antillana, a conocer el hijo nacido durante una larga ausencia? ¿Pese a sus incesantes viajes, el matrimonio con Hortense tuvo una cierta estabilidad y continuidad? ¿Y el pequeño Claude, volvió a ver alguna vez a su padre?
¿Por qué en la carta fechada del 31 de octubre de 1889 al director de La Nación y publicada en dicho periódico dos días más tarde Brindis de Salas expresa el deber de partir hacia Berlín donde le espera su familia alemana? ¿Acaso el artista practicaba la bigamia y la mentira manteniendo dos familias diferentes, separadas por un océano? o ¿Tal vez, y para aquel entonces, ya había abandonado definitivamente su familia martiniquesa y había reconstituido un nuevo hogar, una nueva familia bajo el signo del "Segundo Reich"?
Si tal fue el caso, el divorcio con Hortense tuvo que haberse realizado después de julio de 1884, fecha en que la Tercera República francesa restablece la ley de divorcio luego de 68 años de haber sido abrogada por el régimen de la Restauración; eso sí, sin restablecer el divorcio por consentimiento mutuo.
Es evidente la incompatibilidad de Brindis con la vida familiar. La pobre Hortense morirá, el 8 de mayo de 1902, víctima del seísmo provocado por el volcán la Montagne Pellée que devastaría la ciudad de Saint-Pierre de Martinica y que dejaría huérfano de madre al joven Claude de 23 años, quien pudo salvarse de la catástrofe. La información sobre el  fallecimiento de Mme Brindis de Salas la encontramos en una carta que ésta dirigió dos días antes de su muerte, el 6 de mayo, a Mme Josa, pariente de su hermano Rodolphe Fouché, alcalde de Saint-Pierre.
"Saint-Pierre, 6 de mayo de 1902
Mi querida Marguerite,
Agradecemos mucho vuestra amable proposición, pero no pudiendo abandonar la casa, esperaremos con resignación y sumisión la voluntad de Dios, la muerte prematura.
Los besamos a todos, quizás por última vez.
Vuestra piadosa prima.
H. Brindis de Salas, nacida Fouché."
 [3]
¿Dónde andaba el Caballero Brindis de Salas cuando ocurrió la catástrofe? Quizás muy cerca, en La Habana, donde según fuentes, ese mismo año ofreció un concierto en el Teatro Principal. Quizás en Tenerife, en el Teatro de Santa Cruz, donde también ése mismo año había regresado dos veces. ¿Quién sabe? Lo cierto es que al parecer no guardó ninguna relación con Hortence y Claude, su hijo martiniqués.
Recientemente, mi incesante testarudez se vio recompensada con unas notas de algunos diarios parisinos, en la que Claude Brindis de Salas, único hijo hasta ahora probado del Rey de las Octavas, se daba a relucir.[4]
El Bien Público, Mahon, 19 de febrero de 1889.
El adolescente Claude, arruinado y huérfano a causa de la catástrofe de Saint-Pierre, había sido enviado a París, en 1892, para realizar estudios y convertirse en fabricante de pianos, como consta en los archivos de la ciudad de Saint-Pierre de Martinique. Catorce años más tarde, encontramos aún en París al joven Brindis, de 27 años, definitivamente formado como afinador de pianos y ejerciendo como tal en la capital francesa, donde vivía, junto a su novia Marthe Clément de 21 años, en el número 20 de la rue des Abbesses, en las faldas del célebre barrio de Montmartre.
En la mañana del 11 de julio de 1906, los inspectores de policía Le Cointe y Hingant, interpelaban a tres traficantes, sorprendidos in flagranti cuando se disponían a pagar con falsa moneda en un comercio cercano al domicilio de Claude. Hacía algún tiempo la policía parisina andaba detrás de diferentes bandas de falsificadores de moneda que fabricaban en España y blanqueaban en Francia gracias a una red de múltiples personas. Entre los traficantes se encontraba Claude, hijo de Brindis de Salas, su novia y un cómplice llamado Alfred Roussel de 28 años, comerciante y vecino del hijo Brindis.
Cuenta la prensa de la época [5] que la policía comenzó a sospechar de las acciones de Claude Brindis de Salas, cuando en repetidas ocasiones logró poner en circulación la falsa moneda de los traficantes españoles. El joven afinador de pianos, quien pretendía no estar al corriente de la falsedad de dichas monedas, al parecer recurría con frecuencia a diferentes farmacias del barrio en busca de pequeñas dosis de Permanganato de potasio que pagaba con la falsa moneda. El 2 de julio, días antes de su arresto, Claude se presentaba a una farmacia de la rue Lepic donde pagaba con una pieza falsa de un franco, diez céntimos del preciado permanganato; y así, sucesivamente repetía la compra en otras farmacias y comercios del barrio.
La Lanterne, París, 30 de diciembre de 1906.
Desde el 11 de julio hasta el 29 diciembre de 1906, fecha del juicio, permaneció encarcelado Virgile Claude Brindis de salas. Frente al juez de la Cour d'Asisses de la Seine, el joven Brindis y su abogado Léonce Richard alegaron el desconocimiento de la falsedad de dichas monedas. Claude, ante la instrucción pretendió haber obtenido las monedas falsas de la siguiente manera:
Encontrábase una noche en un café de la Place Clichy y un individuo que él conocía solamente de vista se le acercó y le pidió de favor ir a tirar en una alcantarilla cercana un rollo de cien piezas de falsas monedas de un franco, pretextando no poder hacerlo él mismo ya que se sabía vigilado por la policía. Claude tomó el rollo de monedas y, una vez en su casa, le parecieron que no eran falsas. Agregó además que de las cien monedas sólo utilizó unas treinta y que el resto las lanzó por la ventana el día en que la policía requisó su apartamento.
Al parecer el gusto por el permanganato de potasio salvó al joven Brindis a quien el juzgado absolvió de dicha acusación.
Le Petit Parisien, Paris, 29 décembre 1906.
Después de este incidente, relatado en muchos diarios de la época, la huella de Claude Brindis de Salas se esfuma y se pierde en la inmensidad del tiempo. ¿Qué fue de su vida posteriormente? ¿Tuvo descendientes?
En un "Boletín de la Unión Velocípeda de Francia" de mayo de 1914, días antes que se declarara la Primera guerra Mundial, encontramos que entre los candidatos a integrar dicha Unión está nuestro Claude Brindis de Salas, domiciliado en el número 7 de la rue de Calais en el noveno distrito de Paris, a la frontera del histórico barrio conocido bajo el nombre de "Nouvelle Athènes", a dos pasos de donde viviera el compositor francés Hector Berlioz. [6]
¿Qué se hizo Claude después de la primera contienda mundial? ¿Sobrevivió a los nueve millones de soldados caídos en combate?
Encontramos, en el "Moniteur de la papeterie française et de l'industrie du papier", del 1 de noviembre de 1921, la creación de la "Sociedad Minerva, Brindis de Salas y Odeide de Sénicourt", cuya razón social estaba formada en una Sociedad de nombre colectivo para la explotación de un comercio de imprenta y papelería situado en el número 14 de la rue Vauvenargues y de un capital de 28 mil francos. [7]
¿Sería este Brindis de Salas nuestro Claude? La probabilidad es casi segura, pero por el momento no se puede confirmar a falta de elementos contundentes. Veamos lo que nos depara el futuro de esta investigación y el de otras que se llevan a cabo.
Mientras más hurgamos en las zonas oscuras de la biografía del caballero Brindis de Salas, nos damos cuenta de lo conflictiva que fueron sus relaciones con cada una de las posibles familias que fundó. El hecho de que a su muerte, en la lejana Casa de Beneficencia de Buenos Aires, ninguno de los integrantes de su familia se hayan manifestado y recuperado el cuerpo deja mucho que pensar acerca de la relación con sus hijos. Queda mucho por descubrir; esperemos que otros hallazgos se presenten para completar esta historia, la del Paganini negro, muerto en la más absoluta miseria y olvidado de todos, incluso, de su propia progenitura.

© Javier de Castromori
Montpellier, 15 de enero de 2013.

Nota:
Con este post quisiera llamar la atención del lector L.E. Salas, quien en el post de este mismo blog ICONOGRAFIA CUBANA XIX : "¡Sí, soy Brindis de Salas. Pero me muero..!" del 20 de enero de 2010, manifestaba en un comentario: "Este Señor es mi great great great grandfather." ¿Podría, por favor, explicarnos el parentesco? Puede escribirnos a: memorandumhojasdeprensa@gmail.com

Referencias consultadas:
[1] Rogelio Saunders, "Los descendientes de Brindis de Salas.", La Habana Elegante, primavera-verano de 2006.
[2] Máximo Sánchez, "Claudio Brindis de Salas. One of the world’s greatest violinists.", The Pittsburg Courrier, 19 de noviembre de 1949, p. 7
[3] Jean Hess, "La catastrophe de la Martinique : notes d'un reporter.", Fasquelle, Paris, 1902. p. 249
[4] Diarios parisinos consultados: Le Figaro, París, 11 de julio de 1906; Journal des débats politiques et littéraires, París, 12 de julio de 1906; Gil Blas, París, 29 de diciembre de 1906; La Presse, París, 29 de diciembre de 1906; Le Petit Parisien, París, 29 de diciembre de 1906; L'Intransigeant, París, 29 de diciembre de 1906; Le Petit Journal, París, 29 de diciembre de 1906; Le Matin, París, 29 de diciembre de 1906; La Lanterne, París, 30 de diciembre de 1906.
[5] Idem. referencia [4].
[6] Bulletin officiel de l'Union vélocipédique de France, París, mayo de 1914, p. 94
[7] Moniteur de la papeterie française et de l'industrie du papier, París, 1 de noviembre de 1921, p. 702

martes, 27 de noviembre de 2012

¡Gracias, Argentina! En torno al centenario de la muerte de Brindis de Salas. Por Raúl Ramos Cárdenas.

Chevalier Brindis de Salas. Berlín. © Corbis.
La proclamación  por parte de la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas, del año 2011 como "Año Internacional de los Afrodescendientes" deviene ocasión propicia para evocar la memoria de una de las más excelsas personalidades negras de Cuba en el centenario de su desaparición física y  también del 160 aniversario de su nacimiento, hecho que se conmemora en el año que cursa.

Tal es el caso del genial violinista cubano, Claudio José Domingo Brindis de Salas y Garrido, quien llegara al mundo un 4 de Agosto de 1852, en una humilde casa de la habanera calle Águila - hoy marcada con el número 822 - y que paseara su nombre y su arte a nivel internacional, en una época en que los prejuicios raciales derivados de cuatro siglos de esclavitud en la Isla, se alzaban como poderosos valladares para la realización plena de los ciudadanos de piel oscura en cualquier manifestación del quehacer humano. El hecho de haber podido escalar a lo más alto en la ejecución del más pequeño de los instrumentos de cuerda  y dejado  huellas de su maestría en  diferentes escenarios de Europa y América durante las tres ultimas décadas del siglo XIX, merece una justa recordación en esta hora, que rompa con el anonimato que aún envuelve a esta gran personalidad de la cultura entre la mayoría de los cubanos.

Gracias a una excelente compilación de textos sobre la vida de Brindis titulada "Presencia y vigencia de Brindis de Salas" del autor cubano Armando Toledo, pudimos adentrarnos en facetas diversas del bien llamado "Paganini negro" calificativo con que le bautizara un diario italiano de su época, en alusión a Nicolo Paganini, el más grande de todos los violinistas conocidos. Dicha compilación, en la que aparecen autores que conocieron personalmente al artista,  se convierte en referencia obligada para todo el que desee indagar sobre tan apasionante personalidad del arte musical; no obstante, lo dicho con anterioridad no agota la posibilidad de profundizar aún más en su existencia zigzagueante e indómita, mas bien constituye un acicate para que investigadores y amantes del saber, entre otros,  se den a la tarea de enriquecer en detalles una vida pletórica de éxitos, aventuras y desventuras que por regla general caracterizan también las de otros genios de su talla.

Múltiples fueron las relaciones que como personaje de la "gran escena" tuvo Brindis a lo largo de su vida, las cuales avalaron los reconocimientos que con abundancia le dedicó la crítica especializada en publicaciones de América Latina, Estados Unidos y Europa, gracias a su  exquisita ejecución. Esta circunstancia le permitió el honor ser condecorado por varios dignatarios europeos con las máximas órdenes de sus países, a saber: la Cruz del Águila Negra, título de Barón del Imperio Alemán, Caballero de las Ordenes Isabel la Católica y Carlos Tercero, de España, la Orden del Cristo, de Portugal y la de Caballero de la Legión de Honor, de Francia - entre otras – dan una imagen del rango alcanzado por esta legendaria figura [1].

El color de su piel no le impidió - casi milagrosamente - abrirse paso en la escala social del país en que naciera, por entonces una de las últimas colonias de España en América,  con un caduco sistema esclavista que consideraba al hombre negro poco menos que una simple mercancía. La especial circunstancia de haber contado con un padre músico, profesión en la que les era permitido moverse en sociedad a algunos negros "libres" amén de la férrea y esmerada educación que este dio a sus hijos,  contribuyó a que el talento infantil de Brindis pudiera ser encausado, entre otros mentores, por un  reconocido maestro del violín radicado en la capital de la Isla por aquellos días, el belga José Vander Gutch, a cuya iniciativa debió el pequeño Brindis su debut en el Liceo Artístico de la Habana el 18 de Diciembre de 1863, con apenas 11 años de edad.

El joven Brindis de Salas.
Este suceso musical tuvo una significativa relevancia para la historia de la música cubana, si se tiene en cuenta que en dicha función aquel niño estuvo acompañado al piano por otra futura gloria musical de la Isla, el pianista Ignacio Cervantes. De ahí su meteórico ascenso que primeramente le llevó en 1869 a acceder a una plaza de estudios en el Conservatorio de París, teniendo su clímax en 1871 al graduarse con el primer expediente de esta prestigiosa institución francesa.

Nada de esto podría explicarse en la vida de aquel joven negro, si no fuera, entre otras consideraciones, por la grandeza del genio, que no reconoce fronteras y por la calidad del claustro de  profesores que pulieron allí su arte, lo que unido a sus dotes indiscutibles para la ejecución del instrumento y el roce natural con la vanguardia violinística de la época, llevaron a Brindis a la perfección de su arte y posterior consagración, que le catapultó al éxito, a la fama  y  las glorias; se cuenta que tuvo al “desorden como norma y al mundo por escenario”   hasta el declive total de su estrellato.

A la Argentina, ese hermano país de nuestra América y tierra generosa que acogió sus restos tras su muerte, ocurrida el 2 de Junio de 1911, debemos los cubanos gratitud eterna. Solo la casualidad impidió que Brindis fuera olvidado para siempre, dadas las tristes condiciones en que se encontró su cuerpo agonizante, dos días antes de su deceso, en una humilde posada de Buenos Aires: solo, enfermo, sucio, con las ropas y los zapatos raídos, que únicamente por el orgullo característico de su raza y estirpe, hicieron revelar su identidad en esa hora fatal al encontrar los enfermeros que le atendían un corsé mugriento, apretado a su cintura - resto de sus días de gentleman - en los bolsillos del saco un pasaporte, un programa de presentaciones y un retrato de mujer, lo cual les hizo comprender de quien se trataba, preguntándose a la vez, quizás, como el ídolo de ayer, tan rico, aclamado y famoso, se despedía de este mundo en forma tan deplorable como aquella, tras arribar por última vez a esa misma tierra que antaño le viera triunfar rotundamente.

Lo que sucedió después pertenece a la leyenda. Con la identidad ya descubierta y conocida la noticia en aquella inmensa urbe, que le aplaudió y amó hasta el delirio en sus días de gloria (se cuenta que  los argentinos le obsequiaron un valioso violín de la marca Stradivarius) la colonia cubana residente allí, con la ayuda de la revista ilustrada PBT, le tributó solemnes funerales, a los que concurrió todo el mundo artístico y la afición musical porteña, dándole piadosa sepultura en una modesta tumba provisional del Cementerio del Oeste (La Chacarita) en espera de las gestiones de repatriación que debía realizar algún día el gobierno de Cuba.

Entretanto, la primera referencia sobre su deceso se daba a conocer en su tierra natal cuatro días después, por medio de una breve nota aparecida en las páginas del diario La Discusión en su edición  del martes 6 de Junio:

"Brindis de Salas._

Los periódicos que reciben el servicio cablegráfico de la Agencia Laffan, publican esta mañana el mensaje siguiente:

Buenos Aires._ Junio 5. Claudio José Domingo Brindis de Salas el famoso violinista cubano, falleció en un hospital de esta ciudad el día dos del corriente mes de Junio.
Su presencia en esta capital, donde cosechó tantos laureles era ignorada de todo el mundo y su muerte ha causado sorpresa y dolor entre los amantes del arte.
El gran violinista cubano había estado arrastrando una mísera existencia en uno de los barrios más pobres de esta ciudad."

Posteriormente, el 15 de Junio, la misma fuente publicó una reseña titulada "Algo de música" de la autoría del señor Hubert de Blanck, quien a grandes rasgos hacía un esbozo de la vida y obra de aquel genial artífice de las cuerdas.

Con el devenir de los años y fresco aún el recuerdo del Paganini negro en el corazón de los argentinos, este volvió a convertirse en noticia el 11 de Junio de 1917, fecha en que se cumplía el plazo de estancia fijado por las autoridades del cementerio bonaerense, lo que obligaban a enviar los restos del artista al osario general. Por ello el diario La Razón alzó su voz exhortando a que se le diese una sepultura merecedora de la alta alcurnia artística al genio cubano.

Fotografía del artista en su etapa de madurez.
Otra vez Argentina salvaba para la posteridad el recuerdo del ilustre violinista, pues fruto de urgentes gestiones de parte del gobierno y distintas corporaciones artísticas y musicales, se logró que aquellos restos descansaran por mas tiempo en el mismo sitio en que fueron inhumados, plazo que se extendió hasta el año 1930, cuando el Presidente cubano Gerardo Machado Morales dio instrucciones a una comisión creada al efecto, presidida por el entonces Ministro cubano en Argentina, señor Néstor Carbonell, para que cumpliera acertadamente  con el noble reclamo de los argentinos.

Este anhelo se convirtió felizmente en realidad, cuando el 24 de Mayo del propio año arribó al puerto de la Habana el vapor "Sub-Cubano" que trajo al seno de la tierra que le vio nacer, al bien llamado en su época "Rey de las octavas" *[2].

Como muestran algunas de las imágenes que acompañan este trabajo, tanto argentinos como cubanos rindieron una vez más sentido homenaje de despedida al artista,  que incluyó una solemne misa en la Basílica de San Francisco, luego que sus cenizas fueran depositadas en una  urna de bronce, obra del escultor Luis Perlotti. A continuación, se celebró una velada lírico-musical organizada por la asociación musical Amigos del Arte, con números de canto y música, recitación de versos y discursos del ministro cubano, de Martín  Durañona y Eduardo Zicari, en representación de la Sociedad de Artistas Camuati y de Jorge Servetti, representante del Sindicato de Autores Cubanos en Buenos Aires.

Lamentablemente, hay que aceptar que han sido escasos e insuficientes en su país de origen las referencias y el reconocimiento que merece este grande de la música. Pienso que si no se le reconoce en su tierra es, en parte,  porque no se le conoce suficientemente y porque sus hechos – que fueron muchos e importantes – yacen en un inaceptable olvido para los cubanos de hoy. Por solo mencionar un detalle: la fachada de la casa donde viniera al mundo esta gloria de Cuba luce hoy un estado muy deplorable, tanto para la comunidad en general como para los visitantes extranjeros que en alguna ocasión se hayan detenido asombrados ante la también descuidada tarja que identifica el hecho histórico y que - por ironías del destino o por azar – se mantiene aún desafiante a los embates del clima y la desidia. 

Por ello me gustaría dedicar estas sencillas letras al coloso de ébano, más allá del vínculo familiar que nos une. De pequeño, recuerdo haber escuchado la referencia al apellido Brindis, una y otra vez, en tertulias hogareñas a las que podía tener acceso, hasta que con los años y la consecuente precisión de mis padres y parientes más cercanos, pude conocer - para mi sorpresa - de que mi bisabuelo materno, el señor Juan Calves Brindis, había sido sobrino del gran violinista y que por esa razón a nuestra familia se le identificaba como “los Brindis” en el habanero barrio de Belén, lugar de residencia de mis antepasados y el mío propio.

Aunque en la actualidad el apellido ya ha desaparecido en esta rama del  parentesco familiar, aún se mantiene entre los que vivimos el orgullo hacia la figura del  "Chevalier"  Brindis de Salas.  

El talento y la majestuosidad interpretativa del Gran Maestro del violín, tantas veces alabadas por el público y la crítica de su época, fueron recreados  acertadamente en su día por medio de un artículo que vio la luz en el diario argentino La Nación, gracias a la destreza literaria del crítico de arte Enrique Frexas,  testigo presencial de la actuación del artista en una fiesta privada, celebrada en la casa del prócer de ese país, Bartolomé Mitre, una fría noche de agosto de 1889.

Debió haber sido impactante en grado sumo la reacción de los presentes, incluyendo la del propio Frexas, ante el derroche de melodía y habilidad violinística por parte del intérprete en aquella velada, para escribir como lo hizo este anónimo crítico. Tal vez, nunca imaginó la repercusión que iba a tener su propuesta, pues a partir de ella se le abrieron de par en par a Brindis las puertas del éxito en ese país hasta convertirse en uno de sus ídolos.

Recibimiento a los restos de Brindis a su llegada a la Habana. Revista Carteles,  junio de 1930.
Por el exquisito detalle con que el autor describe un acontecimiento especial para la historia de la música, esta pieza literaria que a continuación regalamos al lector, califica como un insuperable testimonio que nos devuelve - a la distancia de cien años -  a un Brindis de Salas de carne y hueso, embriagando a todos sus admiradores con las más extraordinarias notas de su mágico violín.

"Afuera hacía un intenso frío, el frío de la cruda noche del domingo. Adentro, en la sala de familia, el aire estaba templado por el fuego de la chimenea, por la gran araña de bronce, toda encendida, y por las amplias tapicerías cuya acción es siempre doble, tanto por la parte física en la conservación del calor y la defensa, cuanto por la parte moral en la asociación de ideas que provocan los nobles pliegues del terciopelo y el raso.


No había la animación de la gran fiesta: era simplemente la familia y algunos íntimos en ese ambiente tranquilo que sigue a la comida del hogar. Pasando al salón, se habían diseminado las señoras cerca del fuego, y los hombres, en diversos grupos, continuaban algún último tema de conversación pendiente en el comedor.

Había entrado allí con una familiaridad de trato social que no alteró el ambiente, un hombre original, alto, de buenas formas, color de ébano y vestido de rigurosa etiqueta. Era Brindis de Salas, el violinista cuyo nombre, original también, tiene ya la fama de una reputación merecida.

Todos sentían como una vaga curiosidad de agrado, aunque se trataba de cosa desconocida.

Salas se había puesto de pie, al lado del piano, en el que el maestro Rodó lo acompañaba. Su mano se alzó de pronto, cayendo con el arco sobre las cuerdas del violín. Algo extraño pasó entonces.

Aquello era un sonido, una sola nota, pero que con su vibración se había apoderado de cuantos estaban en la sala. Desde aquellos momentos todos, miraron al mismo punto, y todos parecían seguir con profunda abstracción, y algunos hasta con el movimiento de su cuerpo, los giros de la frase, sus inflexiones, el dibujo sonoro, en fin, que es el ritmo melódico.

La soberbia "Cavatina" de Raff, después de sus compases iniciales, empezaba a crecer con todo su vigor, desenvolviendo sus arranques magníficos, alzando sus entretejimientos de cantos, viboreando en giros inesperados y llenos de acentuación originalísima, alternando con vigorosísimos plaqués a cuatro cuerdas con los armónicos delicadísimos o los finales suaves y dulcemente acariciadores.

¡Raro efecto! No se oía más que la música; nadie pensaba en que se estaba oyendo a un artista. Es que este había desaparecido, aniquilado en su presencia por la vivificación que de aquel trazo hacia. Tal comprensión había en la música, tal dominio del instrumento poseía, de tal manera parecía fundirse en el, de tal manera todo su fluido vital era absorbido por aquella ejecución, que todo era como una cosa sola la música que se escuchaba.

En ese, y  ningún otro, el gran secreto de las bellas artes: el dominio del medio, sea el pincel, el arco o la palabra, de traducir noble y fielmente los íntimos fenómenos del cerebro propio, para tocar con ellos a los demás, o sea, establecer fácilmente la cadena vibratoria de centro a centro nervioso. Por eso, porque ha establecido esa cadena, la agita, la hiela o la enrojece, alguien domina a los demás que caen bajo su imperio hasta sentir la misma excitación del que ejecuta.

Llegó un momento, sin embargo, en que el ejecutante se hizo por él notable, fue cuando al tomar la frase enérgica, violentamente enérgica en su arco suave – raro efecto, porque empleando todo el poder de la muñeca no se oía roce alguno del arco con el violín – siguió aumentando aquel esplendor sonoro, cada vez mas amplio y el violín parecía multiplicarse, y las voces crecían, y entre todo eso se desgajó como un torrente de ejecuciones múltiples entrelazadas, todo tan limpio y rendido, que al redondear la frase en un giro de vuelo sorprendente, se despertó en todos un sentimiento de sorpresa, sentimiento que era el de lo nuevo -muchos no habían oído tocar así – y fue la noción de la diferencia lo que hizo volver la cabeza hacia el artista.

Fue entonces que se le aplaudió en un arranque que terminó su frase. Después de oír el ruido de las manos, comprendimos que no debíamos aplaudir mas; hacía mal efecto semejante ruido después de tales sonidos.
Imágenes gráficas de la despedida a los restos de Brindis. Revista Carteles, Junio de 1930.
Y la atención se reanudó sobre aquel artista extraño, severa estatua de ébano, seria y correcta en su escuela de movimiento, que se destacaba sobre el fondo de terciopelo y oro de la tapicería.

El siguió con todo su poder la "Cavatina"; se conoce que es un hombre de pasión por su instrumento, el noble violín, a que es natural la identificación, como formando un solo cuerpo vibrante con el ejecutor, caja de resonancia y pensamiento, que entre ambos parece hacerse como un solo elemento de arte.

Así, llevado en el movimiento musical, a la difícil "Cavatina" siguió la "Fantasía", de Ernst, sobre temas del "Otello", de Rossini. La primera había terminado con su nota larga, que poco a poco se va apagando, y la segunda empezaba con el canto inspirado del gran maestro, tomado por Ernst de la legitima manera de Rossini, seria y grandiosa, no con el error de las virtuosidades mal llamadas "rossinianas" pecado de los cantantes de la época en contra del autor, por lo que juró no escribir más operas después de su Guillermo.

En esta pieza de gran concierto, aquel hombre poseído de su momento musical que la hacía abordarla, después de otra de mucha dificultad, pudo lucir aún más su completo dominio del instrumento, así como sus condiciones generales de artista igualmente fuerte, justamente equilibrado de todos los géneros; la fuerza, el brillo, la delicadeza o la bizarra originalidad de la frase.

Apenas concluida la "Fantasía", de Ernst, el incansable violinista empezó a ejecutar una paráfrasis sobre temas de "Lucía de Lammermor". Esta pieza era la de un pasionista de la melodía llevada a los más inspirados temas del maestro divino, como decía Verdi; era también la obra de un armonista notable por sus sucesiones de acordes y de un fuerte contrapuntista que se revelaba con gran poder en la interpretación del quinteto con sus efectos orquestales y capital propio, también llenando un inmenso cuadro sonoro de un trabajo continuo sobre las cuatro cuerdas del instrumento.

Aquí la fusión del artista a su momento musical fue aún mayor, y fácil de explicarse esto, sabiendo, como se comprendió desde el principio, que esa paráfrasis es de Brindis de Salas.

Puede decirse, porque hasta ahora no hacemos un juicio crítico, sino que fielmente trasladamos la impresión recibida, que desde aquel golpe de arco primero hasta el último de la paráfrasis, todos estuvimos, no sin sentirlo, sino sintiéndolo, y mucho, bajo el encanto poderoso de aquellos sonidos que nos embargaban.

Era natural apretar la mano de aquel artista, terminada la ejecución de su paráfrasis, a lo que un buen momento de conversación animada y una taza de té en el comedor siguió como agradable parte segunda de la reunión.

Su personalidad musical es fácil, bien fácil de comprenderse desde el primer momento, justamente por su misma franqueza correcta de gran escuela, severa, definida y clara.

Brindis puede ser juzgado y rápidamente se comprende en él un artista completo, señor y dueño del instrumento, severo y correcto ejecutante, sin ninguna de las farsas de brillo dulcamaresco con que quieren deslumbrar los que de artista nada tienen.
Caras y Caretas, Montevideo, 20 de septiembre de 1891.
Hombre de talento propio, de capital individual en su manera de ejecución, ya sea abordando el género delicado, o el enérgico o el fantástico, es ceñido a la escuela moderna del violín, la que ha profundizado en todos sus recursos, los que fácilmente juegan en su mano e impregnan su ejecución de la clásica y eléctrica robustez sonora que lo caracteriza.

Brindis es, pues un artista que se presenta con el progreso de su instrumento, y los que han podido seguir la evolución del arte del violín, estudiándolo en sus más clásicos representantes, hallan en este hombre el último modelo que nos ha llegado en ese perfeccionamiento. Tan clásico es Brindis, que puede en él, al apreciarse la escuela, verse lo que ésta ha progresado.

En él la frase vale por sí misma, jamás es un medio de efecto; profundamente músico, todos los recursos de su educación artística no son sino para el arte, y de aquí la valorización de todos los matices que descubre a los que ejecuta, y que con facilidad le permiten abordar todos los géneros del instrumento, forman el cuadro musical completo que dibuja y colorea en cada pieza con armónicas equivalencias y con igual maestría, desde los grandes golpes poderosos hasta las medias tintas esfumadas como un suspiro.

Bajo la influencia de este orden de ideas, volvimos a la sala. Allí el violinista nos sorprendió con la repetición de la "Cavatina", de Raff, a la que siguió "Souvenir de Haydn", de Leonard, la admirable pieza favorita de nuestro público.

Después, Brindis tocó, simplemente como estudio brillante de una y otra mano consecutivamente, un arreglo suyo de "El Carnaval de Venecia".

Aquel alto joven extraño que nos tuvo fascinados tanto tiempo, se alejó al fin, dejando un recuerdo insistente, que no pasó en largo rato, hasta que una pequeña artista, bella cabecita rubia, dotada indudablemente de talento musical, tocó algunos momentos en el piano.

Buena noche tibia, agradable, abrigada, a la que quedaba en aquella sala, de medio tan afectuoso; fría por el contrario en la calle, donde nos alejamos entre el barbero viento de agosto."[3]


Raúl Ramos Cárdenas


[1] Un artículo del periódico Previsión, órgano del Partido Independiente de Color correspondiente al mes de Abril de 1910, se refirió a la obra de Brindis y de José White, también famoso violinista negro de la época:
"[…] White y Brindis de Salas, que arrancan a sus violines raudales de armonía que aplauden en sus salones Guillermo de Alemania y Eduardo VIII de Inglaterra, colmándoles de honores y de cruces […]"
[2] Los restos de Brindis descansan en la antigua Iglesia y Hospital de San Francisco de Paula, en la Habana Vieja, muy cerca de la Alameda de Paula. (Nota del Autor)
[3] Toledo, Armando: "Presencia y vigencia de Brindis de Salas." Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1981, pp. 79-84.

Bibliografía consultada:
Toledo, Armando: "Presencia y vigencia de Brindis de Salas." Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1981.
Revista "Carteles", La Habana, 1 de junio de 1930.
Fototeca del Archivo Nacional de la República de Cuba.
Diario "La Discusión", 6 y 15 de junio de 1911.
Periódico "Previsión", abril de 1910.

domingo, 5 de junio de 2011

Respondiendo a la señora Alina Sánchez. (que sirva también para los corifeos trasnochados que me atacan y se cuestionan sobre mi persona)

Nota de última hora: el link que aparece un poco más abajo "Nota" sobre la aclaración de Alina Sánchez en DDC, ha sido deslíado por los super webmasters que emplea DDC. Es decir, los lectores no pueden tener acceso a esa nota directamente, tienen que pasar por la página de inicio de DDC. Ya ven, es David contra Goliat.


Señora Alina Sánchez,


Me aparto por unos momentos de mi merecido fin de semana para responder a su “Nota” publicada en DDC acerca de un suceso que normalmente debía haberse zanjado entre usted, yo y la redacción de Diario de Cuba y que lamentablemente ha sido amplificada por la horda de corifeos trasnochados que pululan en la “red cubana”.
Vayamos por partes. No como lo hubiera dicho el famoso Destripador londinense,  sino haciendo un claro y constructivo análisis de los hechos.
Primeramente quisiera saludar su maravillosa defensa, pues como bien usted dice,  está acostumbrada a los aplausos y a las luces. Yo, no. Y en eso me lleva una gran ventaja. La prueba está ahí: su popularidad le lleva también a la adulación por parte de esa “horda de corifeos trasnochados” a la cual hacía referencia más arriba; horda que no deja de lanzar insultos a diestra y siniestra en las páginas de un Portal que se dice reservar el derecho de retirar todos aquellos comentarios y aportaciones que vulneren el respeto a la dignidad de la persona […]” que sean difamatorios, irrespetuosos, insultantes y obscenos, referentes a la vida privada de las personas.
Luego quisiera disculparme ante usted por ciertas frases desatinadas, escritas (y suprimidas ya) bajo el influjo sordo a mis reclamos hacia Diario de Cuba, del cual, luego de muchas insistencias y mensajes censurados me respondió lo siguiente:

“Estimado Sr. De Castromori: No ha sido intención de esta redacción demeritar el trabajo de su blog. El crédito de reproducción de imágenes será añadido a las imágenes utilizadas en el artículo. 
Un cordial saludo, Redacción DDC “

La querella, para llamarlo de alguna manera, tiene sus cimientos en varios mensajes recibidos por los lectores de mi blog, quienes habían reconocido las fotografías y ciertas semejanzas con el texto publicado por mí el 20 de enero de 2010 en Memorandum Vitae. A raíz de esto, consulté DDC (que no suelo visitar) y constaté, efectivamente, que las fotos utilizadas para ilustrar su escrito, provenían todas de mi blog. También noté, como bien escribí a la redacción de DDC y publiqué posteriormente en mi blog, que su texto “me recordaba extrañamente” al mío.
Un primer intento de contacto con usted y con la redacción de DDC a través de un comentario fue insuficiente, pues la redacción prefirió censurarlo. El mensaje decía:
“Por favor, cuando se toman imágenes de otros espacios es necesario poner la procedencia. Tengan la gentileza y la honestidad de señalarlo.” Sin embargo, DDC deja pasar  todos los mensajes difamatorios e insultantes contra mi persona. Decididamente hay mucho que cuestionarse sobre esa publicación de ideología dudosa y subvencionada por un gobierno cómplice de la dictadura castrista.
Si de algo pudiera verdaderamente pretender, es de mi honestidad y de mi colaboración con todo aquel que me lo pide. Los que me conocen, saben de lo que hablo. Y bastante discreto soy desde mi blog, mi única tribuna.
Cuando reclamo a DDC el crédito de la reproducción fotográfica es porque esas fotos fueron tomadas directamente de mi blog. Todas, excepto el grabado aparecido en la Ilustración Española y Americana, de 8 de mayo de 1879, son fotografías que forman parte de mi colección, impresas en gelatino-bromuro de plata, de pequeño formato, estilo tarjetas, como se acostumbraba hacer hasta casi los años 1930.
Mi reclamo, no es el de pretender una paternidad fotográfica, como algunos irónicamente han querido echarme a la cara, si no un justo crédito tanto a mi publicación como a mi colección. No es jurídico, si no moral. Es lo que normalmente deberíamos hacer cuando tomamos prestado algo. Ahí tiene mi blog, todas las imágenes que no detengo ya sean físicamente o por autoría están indicadas de manera que el lector conozca la fuente. Eso a mí me parece justo, aunque haya algunos que no lo entiendan así.
En cuanto a su texto “El negro del Stradivarius”, como bien dije ya, ciertas partes “me recordaron extrañamente” al mío, publicado hace más de dieciséis meses. En ningún momento me manifesté señalando ningún tipo de plagio; de eso se encargaron esos mismos famosos “corifeos” que ahora le están adulando en comentarios en DDC.
Usted me cita al periodista Juan José de Soiza Reilly, más conocido en la prensa porteña por el seudónimo de Agapito Candileja, como fuente de inspiración para mi escrito y el suyo. En realidad, para el mío no sólo utilicé las referencias de este último, si no también muchos otros. Trabajo hace mucho tiempo, todos los días, con los archivos de la prensa y no suelo guiar mis investigaciones de una manera lineal.
En efecto, Agapito Candilejas, publicó el 10 de junio de 1911 en la revista porteña Caras y Caretas, un escrito sobre la muerte de Brindis de Salas. Pero él no fue el único. Y es ahí donde, me pregunto: ¿en realidad usted consultó el escrito del señor Candilejas? Me perdona, pero no lo creo, y le explico por qué.
Ciertos detalles que usted cuenta en su escrito y que atribuye al periodista Soiza Reilly son inexactos:

Usted dice: “Registran sus bolsillos y encuentran recortes de críticas musicales de The Musical Times, de Londres, del Corriere Italiano de Florencia. Y programas doblados y borrosos donde aún puede leerse con claridad: "Intérprete: el violinista cubano Claudio Brindis de Salas. Barón, miembro de la Légion d’Honneur y músico de la corte alemana".

En realidad Soiza Reilly relata lo que le contaron los dueños de la fonda y posada "Ai re dei vini", del Paseo de Julio, 294 y lo transcribe así:

- Aquí, en este bolsillo, tiene algunos papeles. Hay un pasaje. El programa de un concierto en Ronda. Una tarjeta. Un pasaporte... ¿Qué dicen?
- Caballero de Brindis, barón de Salas. ¡Oh! ¡Es el célebre violinista Brindis de Salas!...”

Por otra parte, usted comienza su escrito relatando la historia de la venta-empeño del Stradivarius de Brindis en el Monte de Piedad, cuando en realidad sucedió en una tienda de cambalache de la calle Rivadavia n° 3289 de la capital porteña. El relato de este suceso, publicado también en Caras y Caretas, pero del 16 de septiembre de 1911, es decir varios meses después de la muerte del violinista cubano, no pertenece al periodista Soiza Reilly como usted deja entender. El relato del suceso, no firmado, lo transcribió otro periodista, basándose en lo que le contó el dueño del cambalache, Jorge A. Paulsen, sucedido en su negocio el 23 de mayo de 1911 (10 días antes de la muerte del violinista cubano).
En ningún momento del relato se dice que Brindis ejecutó “un fragmento del concierto para violín de Mendelsohn” antes de desprenderse definitivamente de su violín, como así lo escribe usted. El texto original dice:

“Pero el negro vio que yo desconfiaba, y me contuvo diciéndome : ‘Vea, señor: yo no soy lo que aparento. Ahora estoy pobre, pero he sido muy rico.’ En seguida se colocó el violín bajo la barba, empuñó el arco y tocó en mi presencia una hermosa barcarola.”

Quizás, me dirá usted, que es una libertad ficticia que se permitió, lo cual puede ser muy válido. Pero no, su escrito respira lo real, lo histórico. Además su principal referencia es Soiza Reilly, quien además, nunca firmó ese relato del violín.
Me parece que con tan sólo esos ejemplos inexactos no se pueda pretender tener como referencia a Soiza Reilly o alguno de sus contemporáneos. Esa es una vieja técnica para maquillar las verdaderas fuentes de inspiración.
Yo, por mi parte, sí puedo decir que no sólo Soiza Reilly y tantos otros me sirvieron para crear mi post, mi trabajo se basa en la investigación profunda. Detalles, puedo darle sin problema y sin ningún tipo de alarde. Cuando publiqué mi post sobre la muerte de Brindis de Salas, mi objetivo era ofrecer a los lectores un material gráfico, practicamente desconocido hasta ese momento.
No quiero con esto poner en tela de juicio ni su estilo ni su escrito ni sus conocimientos, no es mi propósito. Sólo recordarle que todos bebemos de otras fuentes, Soiza Reilly en su momento también lo hizo, pero no debemos olvidar la honestidad intelectual y el reconocimiento del trabajo de los otros, incluso de aquellos como yo, que no disponen de una tribuna como Diario de Cuba para publicar sus modestos trabajos.
Una última aclaración: yo no vivo fuera de mi país como usted. Yo fui un exiliado político que tuvo que dejar la isla a los 20 años de edad y hoy día soy un ciudadano francés.

Mis respetos,

Javier de Castromori

viernes, 3 de junio de 2011

Propiedad y honestidad intelectual. (actualización, 3 de junio de 2011, 18h30)

Varios amigos y lectores me han llamado la atención de que el portal Diario de Cuba había reproducido imágenes procedentes de mi blog sin haber citado y enlazado con la fuente original. No sólo la autora del texto en Diario de Cuba ha utilizado mis imágenes sin ninguna autorización ni crédito si no que una parte de su texto recuerda, extrañamente, a un post publicado por mí el miércoles 20 de enero de 2010, bajo el título "ICONOGRAFIA CUBANA XIX : “Sí, soy Brindis de Salas. Pero me muero..!”
Juzguen ustedes y comparen. Ya yo he tomado mi decisión.
Una rara y poco vista fotografía de Claudio José Brindis de Salas Garrido (1852-1911) en su lecho de muerte del depósito de cadáveres de la Asistencia Pública de Buenos Aires, el 1 de junio de 1911.
Nota : Desde entonces, Diario de Cuba ha intentado disculparse y poner la fuente de cada imagen. Yo por mi parte les he pedido la supresión total de mis imágenes de su portal. En lo que concierne a parte del texto de la señora Alina Sánchez, ya veremos qué se hace.


3 de junio de 2011, 18h30
Este ha sido el último mensaje enviado a la redacción de Diario de Cuba, la cual aún no ha respondido ni mucho menos ha movido ficha alguna, por lo que deduzco que en realidad sí continúa ignorando mis reclamos, haciendo, simple y llanamente, el caso del perro. 
Y ¿ dónde anda la señora Alina Sánchez que aún no se ha pronunciado en este asunto ? 


" Gracias por la respuesta. Naturalmente que no creo que la redacción de Diario de Cuba haya intentado demeritar mi trabajo; sí por lo contrario la señora Alina Sánchez quien se ha servido de mi texto y de mis fotos para construir su post sin señalar ninguna referencia. He recibido muchos mensajes de lectores y amigos señalándome lo de las fotos, pero también la extraña semejanza de una parte del texto de Alina Sanchez con el texto de mi post publicado el 20 de enero de 2010 en Memorandum Vitae.
Por otra parte, el protocolo exige que se cite la fuente y se introduzca un "link". Pero me parece demasiado tarde y la falta grave de esta señora, por lo que les pido de retirar todas las fotos tomadas de mi blog, al menos, para que no vuelva a reproducirse un hecho tan desagradable como este. Nunca me he opuesto a que se utilicen mis documentos, siempre y cuando se me pida una autorización y se cite la fuente. En todo caso, ésa es mi ética.
En cuanto a ciertas partes del texto de la señora Alina Sanchez, ya lo he pasado a mi abogado para decidir qué hacer.

Un cordial saludo,

Javier de Castromori"